Blogosfera literaria

Blog de Clubdelectura.es

 

"Aquel que dijo más vale tener suerte que talento, conocía la esencia de la vida.

La gente tiene miedo a reconocer que

gran parte de la vida depende de la suerte

Asusta pensar cuantas cosas escapan a nuestro control.

En un partido hay momentos en que la pelota

golpea el borde de la red, y durante una fracción de segundo,

puede seguir hacia delante, o caer hacia atrás.

Con un poco de suerte, sigue hacia adelante y ganas.

O no lo hace, y pierdes."

Woody Allen, en Match Point


Soy una seguidora mediana de W. Allen. Esto significa que a veces hace cosas que me gustas, y otras muchas, no, aunque todo el mundo diga que es un genio. Si no lo hubiese leído en los títulos, nunca habría acertado que Match Point es una película suya. Y es, sin duda, mi favorita.


Desde el principio, en el que una voz en off lee la cita de más arriba. Pero lo que más me gusta de esta película, es que saca a Dostoieski de sus estrechos y sucios callejones de la Rusia de folletín, lo pasea por las galerías de arte de Londres, por la ópera, por los locales de moda donde cenar, las tiendas más exclusivas, y por las inmensas mansiones victorianas en el campo.


W. Allen inserta el alma de las criaturas de Dostoieski en la alta sociedad inglesa, y pronto descubrimos que su Roskolnikov es un guiño de sí mismo, que tumbado sobre su cama relee la novela de Crimen y Castigo.


Un hombre joven con algo de talento, que, por casualidad, entra a formar parte de la alta burguesía, y según afirma "llega a acostumbrarse a un cierto novel de vida". Atormentado por las dudas, delirios grandilocuentes, entre lo que cree merecer y lo que tiene, elimina aquel factor que produce su malestar, del mismo modo que Roskolnikov clava el hacha en la cabeza de su usurera casera.


Pero un nuevo enloquecedor debate interno se abre entre lo que tiene, y lo que cree merecer, (el castigo) y casi anhela que su crimen se descubra, para confiar en que en este mundo hay justicia. Se deshace de algunas pruebas que podrían inculparlo arrojándolas a un río, y una de ellas, un anillo, rebota contra la barandilla de acero, y por un momento, podría caer al agua, y perderse para siempre, o dar a parar a la orilla.


Si bien en la novela de Fiodor al final su protagonista recibe su castigo, que abraza como una oportunidad de redención, en Match Point nuestro sujeto de hoy en día contempla desconcertado como su crimen se carga a un vagabundo que casualmente encuentra la alianza, "un pobre diablo"y él prosigue indemne con su privilegiada vida.

 

Dostoieski se pondría de pie en la sala, y aplaudiría entusiasmado esta adaptación, que sin pretensiones de serlo, alude a la naturaleza universal y atemporal de los conflictos internos del alma humana.


Eva MMJ


Literatura y Narrativa

Enviado por: Eva María in LiteraturaClub de lecturablog on

Eva María

Se supone que este blog me ha sido ofrecido para hablar de literatura. Y así he trado de hacerlo hasta ahora, pero desde mi particular visión de las cosas, la literatura impresa (y estática, cerrada) es sólo una manifestación más, entre otras, de algo que me resulta bastante más interesante, porque me permite comprender e interpretar muchas más cosas, teniendo en cuenta sólo unos cuantos principios básicos, sumamente intuitivos.

Me refiero a la narrativa. A Paul Auster se le ha críticado en su última novela, Un hombre en la oscuridad, que emplee páginas enteras en "narrar", con todo lujo de detalles, escenas de algunas películas que el protagonista ve junto a su nieta. Como si con ello se mofase del lector, rellenando páginas, dice el que se atreve a emitir este juicio, que ya reseñé en el post referente a esta novela.

Pero, ¿realmente causaría el mismo efecto en cualquiera de nosotros, que los fotogramas de dichas escenas se reflejaran sobre nuestra retina, que la narración que Auster hace de los mismos?

Trataré de dar respuesta a este interrogante, con un ejemplo que leí en un artículo científico especializado. Un grupo de madres visitaba un museo con sus hijo pequeños, no recuerdo exactamente las edades, supongo que entorno a los 4 años. Este grupo se dividió en dos, y mientras al primer grupo de madres se les pidió que durante la visita hablaran con sus hijos, que les fuesen "narrando" todo lo que veían, en el segundo grupo las madres apenas interactuaban con sus hijos.

Pasado un cierto periodo, se preguntó a los niños sobre la visita a aquel museo. Los resultados mostraron que los niños del primer grupo recordaban significativamente más contenidos y más detallados de aquella visita, mientras que los del segundo, sólo tenían fragmentos desestructurados de recuerdos.

Esto es así, probablemente, porque las madres del primer grupo estructuraron lingüísticamente la realidad para sus hijos, del mismo modo que nosotros le hablaríamos a un invidente. Los niños tienen que aprender a otrorgar significado a la realidad, a imponer un orden que permita identificar y comprender la complejidad ambiental de estímulos que nos rodean.

Y la herramienta que más eficazmente nos permite hacer ésto, no es otra sino la narrativa. Desde la tradición oral de tiempos ancestrales, las historias son narradas para aglutinar una sucesión de eventos inconexos en el tejido de un todo unificado, con un significado que el cerebro humano sea capaz de procesar y recordar.

Las narraciones son las portadoras de la cultura. Si el ADN es el recipiente donde se deposita la información necesaria para que el ser humano haya llegado a ser lo que es hoy en día, sin duda la narrativa ha sido el otro envase ("virtual" hasta la aparición de la escritura) por el que la cultura acumulada de la humanidad ha llegado, y ha evolucionado en su curso, hasta la que conocemos en la actualidad.

Las narraciones, no sólo las de historias épicas, sino también las pequeñas "narraciones" que nuestros padres, por ejemplo, hacen del mundo para que poco a seamos capaces de entender qué es lo que sucede en nuestro entorno y porqué, son las que nos convierten en seres humanos, en sujetos culturales, que pertenecemos a una sociedad cuyos valores, tradiciones, normas... nos han sido trasmitidos en forma de historias.

La narrativa es el soporte de nuestra identidad cultural, pero también es la herramienta que nos permite pensar sobre nosotros mismos y los demás, de atribuir significado al pasado y contarnos cómo proyectamos nuestro futuro. Nos presentamos ante los demás contándoles breves fragmentos de nuestra biografía, historias, narraciones, porque la Narrativa es lo más valioso que el sel humano posee para estar en contacto con los demás, consigo mismo, con su pasado, y con su futuro.

Eva MMJ


Cometas en el cielo

Enviado por: Eva María in LiteraturaClub de lecturablog on

Eva María

Cierro la tapa lentamente, como si su contenido pudiese romperse, como si el inevitable soplo de viento que se produce cuando se se cierra un libro pudiera cernirse de algún modo sobre la estructura de la historia y sus ramificaciones, modificándola, trasmutándola en otra diferente. Cierro el libro con reverencia.

Y permanezco aun unos segundos, quizá minutos, dejando que la emoción me recorra, con ganas de reir, con ganas de llorar, con ganas de abrazar y proteger a aquellos que sufren, con ganas de aplaudir, con ganas de abrir mi portátil y gritar a tantos como puedan oirme desde aquí, que doy la gracias al autor que ha tejido habilidosamente esta historia.

Una historia que nos lleva a conocer la normalidad previa a los asaltos militares, la penosa experiencia de la huida ilegal, los asfixiantes retos en el camino, en el que se espera morir en cualquier momento, la inmigración a un nuevo país. La despersonalización y la búsqueda del reestablecimiento de parte de la identidad arrastrando el peso de las tradiciones y restringiendo las relaciones sociales a círculos cerrados, en el que persinten los mismos prejuicios irracionales, para unos.

La oportunidad de enterrar todo lo queda atrás bajo el recuerdo, y empezar una nueva vida, liberada de la culpa, para otros.

Y una llamada, de un viejo amigo con la voz quebrada, que promete: hay una forma de volver a ser bueno. Una llamada que dará lugar a que la historia vuelva tras sus pasos y nuestro protagonista luche por obtener la redención sobre aquel acto que lo atormenta, oportunidad que aprovecha a su vez el autor para ofrecernos una vívida imagen del Kabul que dejaron los rusos para que entraran los talibanes.

Un pais de cascotes y mutiladaos que venden sus piernas ortopédicas en los mercados para poder mantener a sus familias unos cuantos dias más, de huerfanos desolados, que sufren todo tipo de abusos, y sienten vergüenza de sí mismos.

Un relato que abarca las vivencias de un niño hasta convertirse en un adulto, y que termina con la visión, quizá en exceso optimista, de la expulsión de los talibanes tras la caida de las Torres Gemelas.

 Eva MMJ


A veces, cuando obtengo información sobre un libro que no he leído, acaba resultándome más interesante la conexión de ideas y recuerdos de pensamientos que desfilan libremente durante unos segundos por debajo del umbral de mi consciencia, invocados por lo que interpretan como un dato más que encaja en la visión de un todo, que la lectura del ejemplar en sí mismo.

Ese todo, no hace falta decirlo, se escurre cuando trato de aprehenderlo, del mismo modo que podemos percibir estrellas por el rabillo del ojo, que desaparecen repentinamente cuando las buscamos deliberadamente con nuestra mirada, aunque esto tiene una explicación fisiológica, y por tanto, no inquieta a nadie.

Encuentro un artículo titulado, como la obra de Torrente Ballester,

"Yo no soy yo, evidentemente", (http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=10373&num=869&sec=32) sobre la nueva novela de Alvaro Enrigue, en el que se dicen cosas como que el "yo", la identidad personal o como queramos llamarlo, es una ilusión de continuidad, una superstición cultural que nos lleva a creer que nuestras vidas poseen un argumento que se desarrolla en el tiempo, y que nosotros mismos, como personaje central, recorremos creyéndonos idénticos a ayer.

 

Desenpolvo mi carperta de manuscritos no publicados (como si tuviera una de publicados) y decido extraer uno, que en su día bauticé, "Supongo que fuí yo":

 

Aquella mañana, debido a la necesidad de realizar alguna improrrogable gestión que no logro recordar, regresé a aquel pueblo, y una vez cumplimentado el motivo de mi visita, lo olvidé de inmediato y me dediqué a deambular por sus calles sin prestar demasiada atención a la dirección que tomaban mis pasos.

 

Caminé durante largo rato con un ritmo rápido, regular, sin detenerme demasiado a examinar cómo la luz vertical de principios de octubre, más afilada y diáfana que la estival, a la que mis ojos estaban acostumbrados en aquel lugar, extraía perfiles sutilmente diferentes a todas las casas y edificios, más serios o más reales, como si el verano consistiese en una efímera representación teatral llevada a cabo por todo el municipio para sus residentes temporales.

Caminaba como si recorriese, comprobando, el estado interno de mis recuerdos, que emergían durante unos instantes de sus respectivas ubicaciones, algo descoloridos, confirmando su espectral persistencia, y contemplé cada uno con la neutralidad bien entrenada que había ido adquiriendo en el último año, esbozando apenas una breve sonrisa, de un escepticismo ya gastado.

Me dirigía a tomar un café antes de regresar a mi vehículo y emprender el camino de vuelta a casa, cuando de repente, alguien pronunció mi nombre en voz alta, y yo me giré automáticamente al escucharlo.

Era una mujer rondado los cincuenta, divorciada, con dos hijos, uno de ellos de mi edad, que pese a haber nacido en aquel pueblo, residía con su actual pareja a unos 45 kilómetros de allí. Era profesora de escuela, por lo que una vez iniciado el curso escolar, su presencia allí, un miércoles laboral de principios de octubre a media mañana, resultaba tan insólita como la mía propia.

Y sin embargo, era la única persona que me lo habría dicho.

-Se ha casado. ¿No sabías nada? Sí, la semana pasada. Fíjate, yo tampoco he ido a la boda.

Durante unos segundos me quedé pensando si no la habría invitado, o si acaso ella no hubiera querido asistir a su boda, y si, pese a haber sido prácticamente como su madre en los últimos siete años, se encontraba tan alejada y decepcionada como yo mismo lo estaba.

-No, no sabía nada- y probablemente habría continuado mucho tiempo sin saberlo si no me hubiese encontrado a aquella mujer en un lugar improbable en un momento improbable.

Nos despedimos apresuradamente, algo incómodos, y mientras tomaba en solitario aquel café, esperaba con paciencia el impacto de aquella noticia en mi estado de ánimo: rabia, resentimiento, nostalgia. Me disponía a contemplar mis propios sentimientos con la misma neutralidad entrenada con que había observado los recuerdos ligados a aquel lugar. Celos, una fuerte opresión en el pecho, prácticamente indescifrable, que casi me impidiera respirar. Algo.

Nos habíamos visto por última vez a escasas manzanas de aquella cafetería, hacía poco más de un año. Nos dijimos adiós, ante un tren que partía, y mi propia voz me sonó tan cansada, como si hubiese despedido a mi peor enemigo. Aunque no lo habíamos acordado, ninguno volvió a ponerse en contacto con el otro. Durante la Navidad esperé, temeroso, la llegada de una felicitación cortés. El día de mi cumpleaños, en febrero, aun temí una llamada de viejos amigos que nunca fuimos y que por supuesto ya no éramos.

Después de aquello, dejé de esperar cualquier contacto intencional y me resultó más fácil seguir con mi vida. Pero supongo que de algún modo, aquella historia que quedaba colgando, sin un final, ocupaba un lugar en mi memoria por el que evitaba pasar.

Tras siete años, y para mi sorpresa, no me costó demasiado esfuerzo enterrar los recuerdos bajo capas de olvido, ocupando la mayor parte de mi tiempo con una actividad laboral que a todas luces excedía lo saludable, a fin de restarle posibilidad alguna al abatimiento que me perseguía.

Aquella mañana, algo fresca, de principios de octubre, mientras accionaba el mando a distancia de vehículo, pensaba en la facilidad con la que alguien, que ha sido tan importante para nosotros en algún momento de nuestras trayectorias personales, desaparece de nuestras vidas. Nuestros amigos y familiares dejan, primero, de preguntarnos por ellas, y poco a poco, ya no hablamos sobre ellas con los demás, y si lo hacemos, es porque resultan de utilidad para ubicar temporalmente alguna otra anécdota, y su recuerdo apenas recibe un trato superficial, como un dato, una fecha confirmada de nuestra propia biografía.

Conducía mecánicamente, mientras el paisaje iba quedando atrás del otro lado de las ventanillas, cuando noté que una lágrima, y luego otra, corrían por mis mejillas. Hacía un año había cortado deliberadamente toda comunicación entre mis emociones y mi conciencia, por lo que no me resultaba fácil discernir qué era exactamente lo que provocaba mi llanto. Desde luego, no se trataba de razones sentimentales, al menos no hacia aquella otra persona que había contraído matrimonio.

Continué llorando buena parte del camino de regreso, hasta que no me cupo duda, que lloraba por mi mismo, por mi pasado, por el olvido. Por esos siete años que ya nadie recuerda, de los que nadie habla. Que yo mismo contemplo como un espectador lejano. Que apenas recuerdo. Y me imagino como un borrón de mi propia memoria dentro de siete años, sin que me reconozca, como un extraño, cuya conducta no acertamos a comprender.

Entraba en la ciudad y la intensidad del tráfico me obligó a mantenerme alerta, borrando los últimos restos de lágrimas, casi tarde tanto en atravesar las avenidas colapsadas como en el trayecto de algo más cien kilómetros en autovía, hasta que finalmente, llegué a casa. Aspiré inconscientemente los olores conocidos de mi portal, abrí la compuerta del buzón con un gesto rápido, repetido miles de veces, y busqué con el tacto la llave de mi apartamento entre todas las que se agolpaban en mi llavero.

Cerré los pestillos de la puerta a mis espaldas, dejando atrás a un extraño que había llorado porque no lograba recordar a otro extraño que había sido él mismo, resignándome a vivir en un eterno presente, en el que cualquier ilusión de posesión de un pasado no resultaba más real, que cualquier otra historia que nos contemos a nosotros mismos.

Eva MMJ

 


Hoy he estado pensando en que pasaría si nos encontrásemos ante un test de cultura general, entre cuyos items tuviésemos que enfrentarnos a alguno en el que se nos preguntase:

-¿ Ha leído usted alguna vez algún libro de alguno de los siguientes autores?:

a) Siddharth Dhanvant Shanghvi

b) Khaled Hosseini

c) John Thorndike

d) No lo sé/ no lo recuerdo

Si midiésemos el tiempo de reacción a cada posible opción, esto es, el tiempo que tardamos en examinar, por ejemplo, la opción b), y en desestimarla, probablemente nos encontraríamos con que la mayoría de los sujetos que realizasen el test actuarían del siguiente modo: se detendrían unos cuantos segundos para leer el nombre del autor de la opción a, y rápidamente pasarían a la b, porque ese nombre no les suena de nada.

Probarían con la b, y quizá empezaran a pensar que se trata de una pregunta trampa, en la que dos escritores inexistentes de nombres estrafalarios enmascaran la verdadera respuesta, que hay que descubrir.

Pasamos a la c, y el sujeto se toma algo más de tiempo, ¿John Thorndike? Cada respuesta puntúa en positivo, a más puntos, más alto coeficiente de nivel cultural arrojará el test.

Y nuestro sujeto imaginario, cruza una aspa sobre la tercera opción.

Solución al test: los dos primeros nombres, son reales, autores respectivamente de "La canción del atardecer" y "Cometas en el cielo".

Pero el que nos suena es el tercero, (que acabo de inventarlo) y si tuviéramos que decantarnos por alguno, seguramente sería por John Thorndike.

Esta misma conducta, en su modalidad extrapolable a nuestro comportamiento cotidiano, se repite (aunque sin generalizar, por favor), en el potencial comprador que deambula en torno a los expositores de cualquier libreria, y toma un ejemplar, le echa un vistazo, y repite la operación con otros tanto hasta que se decide por uno, o sale por la puerta con las manos en los bolsillos.

Tendemos a elegir libros de autores cuyos nombres leemos con facilidad, o al menos, nos parecen "cristianos". Entre un John y un Hassam, al menos al primero le daremos la oportunidad de ojearlo.

De todas formas, una parte sustancial de la criba ya la han realizado otros por nosotros, la editorial, la librería. La literatura norteamericana, tan normalizada en nuestras vidas diarias como toda su cultura en general, desborda las ofertas que encontramos de cualquier otro país, quizá incluyendo al nuestro propio.

Por esto mismo, a veces, cuando voy a comprar un libro, pienso que los que provienen de autores nacidos en paises "exóticos", deben ser más interesantes, después de todo lo que les has costado abrirse un hueco en las estanterías del mercado editorial.

"La canción del atardecer" y "Cometas en el cielo" son dos magníficos ejemplos para eliminar cualquier prejuicio hacia lo que nos resulta menos familiar. Se merecen que se hable de ellos y todos los conozcamos y que sus autores nos suenen, al menos.

Para los que quieran saber algo más sobre estos dos libros que tanto me han gustado, les invito a seguir los post que iré agregando esta semana.

 

Eva MMJ


El relato que inspiró la película.

Para comenzar siendo sinceros, he de decir que nunca había oído hablar de Alberto Méndez, hasta que vi algún programa de estrenos de cine, y entonces descubrí que al parecer había un libro que se llamaba igual que la nueva película de la Verdú.

Ví una entrevista de ella y de Javier Cámara en un programa de entrevistas Cara a cara,(CNNplus) dirigido por Antonio San José que suele gustarme, por la variedad y el interés de los invitados que frecuentan el plató, habitualmente pertenecientes al ámbito de la cultura.

Pero la visión de Javier Cámara, de por sí extrañamente viscosa, con sotana, contribuyó a que mi interés en acudir al cine , a ver de nuevo a Maribel Verdú con un look de posguerra idéntico al que lucía ya en el Laberinto del Fauno, declinara rápidamente.

A partir de aquel día no ha pasado uno sólo en el que no haya oido algo o a alguien hablar sobre Los girasoles ciegos, y el libro se ubica entre los cinco más vendidos, según la Casa del libro.

Por lo que finalmente sucumbí, y como probablemente en algún momento iré a ver la peli, he preferido leerme primero el libro. Entonces he descubierto que se descompone en cuatro cuentos, que aspiran a producir el efecto global de diferentes historias que se complementan para trasmitir un mensaje.

Así que Los Girasoles ciegos, es el último de los relato, o Cuarta derrota, como el autor lo denomina. En la historia se entralazan las voces de un cura(al que ahora meresultaba inevitable ponerle la cara de Javier Cámara) y del hijo de un "rojo", Lorenzo, alumno del primero.

Lorenzo tiene unos siete años, y vive humildísimamente con su madre, Elena, que hace trabajos de costura y traducciones del aleman. Esta idea nos lleva por un momento a imaginar una historia paralela sobre la vida anterior de esa mujer, pero la simplicidad bien creada del relato nos lleva pronto a descubrir que el padre de Lorenzo, antiguo profesor de literatura, quien realmente realiza esas traducciones, en parte para aliviar la carga familiar, en parte para tener un pequeño objetivo para salir del armario empotrado donde pasa la mayor parte del tiempo escondido, deshecho, casi anhelando un final, el que sea, pero ya, por favor.

La figura del cura/profesor que acosa a Elena, desdes mi punto de vista, es perfectamente suprimible y le roba esa magia de la esplendida sencillez que recorre el resto de la historia. habría bastado con el excepcional tratamiento que se hace objetos inanimados símbolo de amenaza, como el ascensor, para mi, lo mejor de este cuento.

El sonido del ascensor subiendo que corta las respiraciones de los tres habitantes de aquel piso, que interrumpen sus actividades contando hacía que planta se dirige, en un silencio que sinteza sus vidas, unos segundos suspendidos en la incertidumbre, que se prolongan si el asecnsor se detiene en su planta, hasta, que suena el timbre en otra puerta, y caen de nuevo los dados sobre el parchís, con la fortaleza menguante que los mantiene aun en pie, capaces todavía de murmurar, de soñar brevemente una fuga, que se desvanece como el aire exhalado en la noche fría del invierno de sus existencias.

 

 Eva MMJ


Hola a tod@s los miembros del club de lectura "Libreando y clubeando", de la Biblioteca Pública Municipal "Juan Ramón Jiménez" de Sanlúcar la Mayor (Sevilla). En este blog tendremos nuestro espacio para expresarnos durante el mes sobre el libro que tengamos entre manos. Podéis aportar cualquier idea y comentario siempre que no adelantemos demasiado sobre el contenido del libro ya que, cada uno irá por capítulos distintos.

 

Bienvenid@s y espero que todos colaboremos para mantener este club que nace tímido pero con muchas ganas.

 

 Un saludo, Antonio. 


Video tutorial sobre cómo hacer un blog

Enviado por: Iván Adrián Martínez Ricarte in [Sin etiquetar]  on

Iván Adrián Martínez Ricarte

Lo voy a poner aquí porque todavía está en fase de pruebas y necesito comprobar que funciona antes de ponerlo en la página principal del sistema de blogs. Si alguien ve el tutorial, le agradecería muchísimo que hiciera algún comentario. El tutorial se abrirá en una ventana nueva, y puede tardar 1 minuto o 2 en cargarse.

 

Ver el video tutorial para aprender a hacer un blog en Clubdelectura.es (Tamaño: 6 megabytes)

 

 


La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

Lo primero que debe decirse del libro de Barbery, es que se trata de una obra muy personal, personalísima. Casi me sorprende que haya conseguido abrirse un hueco en la lista de "los más vendidos", e incluso se está preparando la versión cinematográfica.

A continuación hay que añadir, que al echar un vistazo a la solapa, encontramos en la breve reseña biográfica que la autora es profesora de Filosofía.

Para mí, estos dos axiomas constituyen la clave para acceder a "la elegancia del erizo", un libro áspero al paladar del lector, que intercala la historia de una portera de bloque de ricos, con la de la hija adolescente superdotada de uno de los residentes del edificio. Dos seres aparentemente frágiles, que se sienten fuera de lugar en sus contextos cotidianos, y se refugian en la exaltación del arte en sus diversas manifestaciones para sobrevivir ese día a día que encuentarn carente de sentido.

Aunque Seix Barral nos asegura que este libro "nos revela cómo alcanzar la felicidad gracias a la amistad, el amor y el arte", desde mi punto de vista, los dos personajes centrales no parecen nada felices, sino que han alzado a su alrededor una muralla protectora que podría considerase "cultura", e incapaces de trascender más allá del mundo que aguarda tras las respectivas puertas de sus habitaciones, llegan a considerares, de algún modo, superiores a todos los demás, pobres ignorantes incapaces de apreciar con la sensibilidad que ellas detentan el arte y la literatura.

Pero sigamos con nuestros dos axiomas:

1) Es un libro personalísimo

2) Muriel es profesora de filosofía.

Ciertamente, visto el panorama actual de la literatura "que se vende", saturado de misticismo explotado hasta el último aliento de los autores resecos, la novela de Muriel supone algo novedoso, que califico como personalísimo, porque cuando parece que la calidad de los libros "se ha rebajado" para ajustarse a las demandas del sector del público que engulle libracos de 700 páginas, Muriel emplea un leguaje a veces difícil de seguir si no se está habituado a trabajar con el lenguaje particular que cada ciencia tiene, en este caso, la filosofía.

Muriel ha escrito un libro personalísimo, como si lo hubiera hecho para sí misma, ajena a los gustos del gran público, en el que no ha sentido el menor reparo en emplear unos conceptos y una terminología "profesionalizada".

Aún así, su libro es un éxito de ventas, quizá porque haya alcanzado a un público que no se conforma con que el libro de la mesita de noche le cante una nana entretenida para coger el sueño. Quizá su público quiera una lectura activa, en la que algunas veces probablemente haya tenido que realizar un proceso de búsqueda adicional para comprender mejor la novela.

Para ser del todo sinceros, a mi no me acaba de convencer y creo que se puede lograr un punto intermedio entre rebajar tus cualidades como escritor y tener en mente a las personas para las que, en última instancia, se crea una historia: los lectores.

Eva MMJ




  El martes decidí anunciar Clubdelectura.es en Iwetel. Tuve mala suerte (o cometí un error) y el mensaje apareció con un tamaño de letra muy pequeño.

Pero gracias a ese "pequeño" mensaje hemos tenido 600 visitas adicionales en dos días, todas ellas de bibliotecarios y otros profesionales de la información, que son, a priori, nuestro público objetivo.

El impacto a corto plazo ha sido escaso: Se han inscrito unos cuantos clubes de lectura en el directorio, y han habido unas cuantas solicitudes de información para dar de alta un blog, que esperamos en un futuro próximo se conviertan en nuevos blogs. De todas formas estoy seguro que ha servido para darnos a conocer entre la comunidad bibliotecaria.

Realmente esperábamos tener mayor aceptación, ya que creíamos que cualquier coordinador de un club de lectura que nos leyera daría de alta su club en el directorio, y que habría bastante gente interesada hacer un blog en nuestra web. Efectivamente no se han cumplido nuestras previsiones, lo que nos enseña una de las máximas del márqueting: No basta con tener un buen producto, hay que saber convencer al usuario de que tu producto es el mejor.

Así que vamos a dedicar los próximos días a explicar el potencial de Clubdelectura.es, y a simplificar algunos procesos de nuestra web, para hacerla más atractiva y usable.

Gracias por ayudarnos a mejorar.

Iván Adrián Martínez Ricarte

Coordinador de Clubdelectura.es