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LA TEMPESTAD

Enviado por: Eva María in LiteraturaLibrosEva MMJClub de lectura on

Eva María
 

No conozco personalmente a nadie que le guste Juan Manuel de Prada. La mayoría de ellos no lo han leído siquiera. Probablemente yo tampoco le habría concedido una oportunidad, si no se tratase de un ejemplar del que se deshizo, junto a su antiguo catálogo, la biblioteca de un pequeño pueblo de Navarra, junto al río Arga.


Esta heterogénea colección de cuentos infantiles garabateados, clásicos juveniles de Julio Verne y algunas otras obras imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie de serlo, fueron rescatadas de su fatal destino, y depositadas en unas estanterías acordes a su posición, en un lugar en el que se va a disfrutar de la placidez hogareña que emanan los objetos antiguos, que no viejos.

Un hotel rural que transforma una casona solariega, que pasó de ser convento de monjas, a colegio del pueblo, a sede de campamentos cristianos infantiles, y finalmente invita, con sus vigas de madera en el techo y sus vistas a casas con tejas, a un campanario con cigüeñas y a la ribera navarra, a recrearse sosegadamente.


Un día de lluvia impenitente, me acerco una vez más a esas estanterias robustas, y de repente lo veo, y recuerdo su crítica a Paul Aster.

Leo las primeras páginas y empiezo a comprenderlo.

Juan M. de Prada esculpe cada frase, cada palabra, cada punto. Se dice de él que su escritura es barroca. Y con esto se le asocia un estilo recargado y pretencioso.

Para mi, es alguien que escribe muy bien (al igual que Auster, más depurado) simplemente empleando un estilo particular, al igual que hace el reconocidisímo Borges, un estilo muy labrado, quizá fruto de la espontaneidad del flujo de pensamiento privilegiado de Prada, que para algunos puede resultar artificioso.

Pero en "La tempestad" encuentro no sólo frases cinceladas con el amor propio de un artesano, sino que estas frase construyen una historia, y sobretodo, recrean un ambiente, de un modo absolutamente fascinante.


El primer capítulo se inicia en Venecia, en una Venecia completamente alejada de las visiones frívolas y turísticas que mantenemos de ella. Es invierno, y la noche lame el agua putrefacta de lo canales. Está nevando, y la humedad infinita se filtra, se funde, se fusiona, respirando por las porosidades de cada columnata, con el espacio arquitectónico que el autor representa como un antiguo teatro en ruinas, que permanece abierto por pura nostalgia.


Y en pocas páginas, el protagonista pasa de ser un extranjero en Venecia, a vivir dentro de ella con los espectrales habitantes que aun la habitan, resignados a su suerte, aferrados a su decadencia.


Aunque me gustaría que se pudiera lograr todo esto sin que la trama girase en torno a un asesinato. ¿De verdad somo los lectores tan morbosos, que necesitamos que nos atrapen con crímenes sin resolver, para devorar el libro hasta la última página, donde nuestra curiosidad se ve satisfecha, y entonces soltamos el libro en cualquier sitio, y jamás volvemos a pensar sobre él?


Personalmente, prefiero a Murakami hirviendo pasta.


Eva MMJ


 

Un profesor de la Facultad de Psicología de Sevilla, comentaba siempre entre chistes, que lo objetivo, no es más que el consenso de lo subjetivo. El salón de mi casa mide 5 metros exactos. Nadie pondría en duda esta información, ni pensaría que son suposiciones mías, y que quizá otra persona pensaría de otro modo al respecto, si le aseguro que he usado una cinta métrica para obtener esta medida.

En 1791, la Asamblea Nacional francesa encargó a doce reputados científicos la revisión de las unidades métricas por aquel entonces vigentes. Este equipo acordó definir el metro, como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre.


Como la longitud del meridiano no resultaba práctica para el uso diario, se fabricó una barra de platino, que representaba la nueva unidad de medida, y se puso bajo la custodia de los Archives de France.


Aunque la historia no recoge la narración de aquel suceso, imagino a los doce científicos haciendo sus respectivas comprobaciones individuales, para poder asegurar que aquella vara efectivimante medía algo que acabarían llamando metro.


¿Pero, cómo podían cada uno estar rigurosamente seguros de que lo que sus ojos veían era lo mismo que lo que veían los ojos de cada uno de los 11 restantes?


Por lo que en última instancia, basándose en lo que cada uno creía ver (una percepción indemostrable para los demás, algo muy parecido a lo que entendemos por "subjetivo") consensuaron que aquello que todos parecían ver como un metro, era, en realidad, un metro. Y nadie duda de la objetividad imparcial de esta medida.


Los niños aprenden de un modo parecido a dar un nombre a quello que están sintiendo. Y así, emociones tan complejas y difíciles de definir como, por ejemplo, miedo, sufren un proceso de objetivación de lo subjetivo.

Mi hija de dos años y medio me dice que le dan miedo los monstruos, y por un momento, pienso en lo complicado que es que ella misma sepa ponerle nombre a una respuesta que se produce en su organismo, ante determinadas situaciones.

Pienso en la cantidad de veces que mi madre, mi compañero o yo misma, al verla retraida ante algún objeto/animal/persona que los adultos interpretamos como posible amenazantes, le hemos dicho ¿te da miedo el perro?, No los perros son buenos, no hay que tener miedo.

Nos hemos excusado ante los demás por ellos, cuando se tapan fuertemente los oído con las manos durante una exhibición pirotécnica: es que le dan miedo los fuegos artificiales.

O, apoyándonos en un material de lectura, hemos señalado el dibujo del cerdito temblando, o el de caperucita agazapada, llorando, y le hemos interpretado: mira, tiene miedo del lobo feroz.

Y de este modo, poco a poco, los niños aprenden a reconocer sus propias emociones y hasta a darles un nombre, lo que resulta de gran utilidad para comunicarle a los demás cómo nos sentimos y obtener un resultado: "papá, tengo miedo", para recibir un abrazo protector, "mamá, estoy muy triste", para que ella trate por todos los medios de modificar nuestro estado emocional, o que al menos nos pregute por qué nos sentimos así.


Una vez que consensuamos con el mundo que lo sentimos en nuestro interior es algo parecido a lo que sienten el resto de las personas, rabia, ira vergüenza, y todos parecemos entender de qué se trata, las palabras comienzan a desligarse de su referente inmediato, y a convertirse, como el metro de metal, en entidades objetivas que podemos utilizar en nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.


Como ya comentamos en el post Literatura y narrativa, darle nombre a algo, estructurar lingüísticamente un suceso, supone fabricarle la llave exacta con la que poder buscarlo en el almacén de nuestros recuerdos.

De hecho, se ha demostrado que nos resulta más dificultoso recordar olores, porque mucho de ellos no poseen una denominación precisa. Podemos tropezar con ellos por casualidad en nuestra memoria, pero si no sabemos qué estamos buscando, difícilmente podremos encontrarlos.


Las palabras, el lenguaje, van extrayendo de la oscuridad de lo indefinido aquello que nos resulta relevante aprender, de modo que podamos identificarlo, y recordarlo.

Lo que vagamente me hace pensar en algunos extractos religiosos como el Génesis, o más profanos, como la cración de de Narnia, en que los seres que habitaban este mundo iban naciendo a la vida conforme sus nombres eran pronunciados.

Eva MMJ





 

            Descubro esta novela con un año de retraso. Ya la había visto en las librerías, por supuesto. Pero en su momento, como ya he explicado en posts anteriores, tuve que elegir entre la portada, casi pop-art de "Villa Diamante", y la funesta, de posguerra, con dos niños de pantalón corto, de "El Mundo".

 Un título tan serio como el propio nombre de su autor, que parecía augurar un contenido denso, cargado políticamente de resentimiento, nombres y fechas de innumerables batallas, y planes estratégicos que desplazaban las fronteras de colores sobre el mapa de España. Así que escogí "Villa Diamante".

Pero aproximadamente un año después, debo decirlo, atraída por el Premio de Narrativa concedido por el Ministerio, pienso que ha llegado el momento de leer "El Mundo".

Leo las primeras cinco o diez páginas mientras hiervo la pasta, y ya estoy plenamente convencida de que me va a gustar, y de que va a ocupar un espacio físico en mi vida necesariamente breve, porque la voy a devorar sin descanso, pero que, como el gato que Gala cocinó para Dalí porque no se lo podían llevar a un viaje, la ingeriré de modo que una parte de ella pase a formar parte de mí, carnalmente.

Y lo primero que se me ocurre, es que el título está mal puesto (por no hablar de nuevo de la portada) y que debería llamarse "La calle de mi infancia ", o "Cómo imaginé el mundo que los adultos no se molestaron en explicarme". Un poco largo, quizá, pero más acertado que el criptográfico "El Mundo", ¿no?

Aun así, hay cosas que me gustan mucho de esta novela y otras que suprimiría por completo. Por lo que pienso que Juan José Millás ha escrito sinceramente sobre sus recuerdos, porque cuando narrativizamos nuestro pasado, podemos lograr que sea más mágico de lo que realmente en aquel momento nos pareció que lo fue, pero nos sentimos inevitablemente obligados a ser honestos. Y si hubo algún personaje que nos hirió, que nos desbarató durante algún tiempo la vida, simplemente, no podemos eliminarlo del relato, por que si no, no estaríamos contando la historia de verdad, y muchas veces el que escribe sobre sí mismo, necesita hacer las paces con su pasado, y si Mª José no apareciera en esta novela, la historia no quedaría lo suficientemente cerrada para contemplarla desde lejos, y que duela menos.

Me han sorprendido mucho (por las expectativas que me había autogenerado), los momentos en que Juanjo juega con la realidad como con una pompa de jabón que deforma bajo su visión infantil, como el otro niño, de al otro lado, al que le roza los talones una y otra vez (como una imagen especular), cuando se introduce en la cama, el tendero que simula ser agente de la Interpol, y convence a su hijo "el Vitaminas" de que lo es, para tenerlo alejado de los juegos activos que podrían matarlo en cualquier momento, debido a "su enfermedad", por lo que el chaval permanece sentado a la puerta de su casa,  libreta en mano, anotando meticulosamente los movimientos de los que van y vienen por la calle.

Y para mí, lo mejor, el tranvía que los transporta a otro barrio de Madrid, que ambos niños, Juanjo y el Vitaminas creen habitado por las personas que mueren, "que pasan al otro lado", porque la muerte, como cita Millás, "no es más que un desplazamiento físico dentro de la vida".

El resto de la novela, tremendamente egocéntrico, de crisis de ansiedad, abusos de medicamentos, escapadas de agente secreto de situaciones fóbicas, reencuentros oníricos con "el amor de la infancia", y otros hechos desagradables, reafirman mi creencia de que el autor se ha sentido obligado a añadirlos para dotar de "verdad histórica" al relato de su vida.

Para mí, que el texto no constituye una autobiografía, sino una novela, le arrancaría unas cuantas páginas, y me parecería una historia más perfecta.

Desafortunadamente, esto es algo que sólo los demás pueden hacer con nuestras vidas, pero nunca, nosotros mismos.

 

Eva MMJ.


Llega el nuevo libro del japo de moda, "Afterdark", y lo hace, como no podía ser de otra manera, convirtiéndose en un éxito instantáneo de ventas.

¿Recuerdan aquella frase del post referente a Paul Auster, en la que repetía una afirmación que me salvaba de muchas situaciones? "Me gusta cómo escribe, pero no sobre lo que escribe"

Quizá eso sea también lo que pienso de Murakami, me gustan las partes, algunas partes, pero no el todo. Me gusta la transparencia de la realidad cotidiana que relata Haruki, pero no así los universos imaginarios o dimensiones paralelas, en llos que la presencia pre-sentida de algo oscuro se convierte en la trama en torno a la cual orbita el resto de la historia.

Con algunas excepciones, como el colonel Sanders del Kentucky Fried Chicken, que se aparece al personaje del transportista, como guía espiritual, en "Kafka en la otra orilla".

O la millonaria enigmática y su hijo mudo o que no necesita hablar, que recogen de la calle al protagonista de "Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo". Personaje éste, el del hijo, que se repite de alguna manera, ésta vez dotado del habla, como el amable, pulcro y efectivo bibliotecario de "Kafka en la otra orilla".

Es decir, disfruto intensamente con los personajes insólitos que logra transformar en entidades reales bajo su pluma, lo que me produce rechazo en la obra de Murakami es, precisamente el lado oscuro, por lo que el título de su nueva obra, de entrada, no me resulta muy atractivo.

En su volumen de relatos "Mujer ciega, sauce dormido", el lector puede sentirse realmente perplejo ante unos cuentos cortos, que en la mayoría de las ocasiones no constituyen la narración de una historia, ni siquiera de una breve, en términos de introducción-nudo-desenlace, sino que Haruki se permite la libertad de dedicar, por ejemplo, uno de sus textos a un trayecto de ida y vuelta en autobús, o, mi preferido, sobre una pareja que hace planes para ir a pasar un día al zoológico para ver unos determinados animales (que no recuerdo). Van y vuelven, y no sucede nada más.


Murakami, que durante un periodo de su vida regentó un club de jazz, confiesa que escribe tratando de emular el ritmo del jazz,( www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=8907&sec=31&num=834 )

lo que me lleva a pensar los que nos perdemos, inevitablemente, con la traducción, como la peli de la Coppola. Imposible reproducir la musicalidad pura de los fonemas japoneses.

Su pasión por la música se hace patente a lo largo de toda su obra, de hecho, mi fragmento favorito, que si pudiera lo congelaría hasta volverlo tangible, le pondría un marco sobrio, y lo colgaría sobre mi mesa de trabajo, es la escena de los primeros capítulos de "Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo", en el que el protagonista, que ha dimitido de su puesto, y sufre un proceso en el que paulatinamente va desligándose del mundo externo, se prepara meticulosamente un sencillo plato de pasta mientras escucha ópera.

Y se trata ésta de un escena cristalina, pura, perfecta, en la que un sujeto en paro, cuya mujer le ha abandonado, alcanza un estadio de felicidad nuclear, ajena a cualquier condicionante externo.

El Murakami que hierve espaguettis, es la esencia de Murakami.

Eva MMJ



Cuando su primer éxito aun no ha bandonado el número uno de los más vendidos, Boyne logra introducir su nueva novela, "Motín en la Bounty" en el mismo ranking de los superventas, coincidiendo con el estreno de la adaptación cinematográfica del libro que todo el mundo conoce, y que solucionó en buena parte la papeleta de los regalos Navidad del año pasado de presupuesto limitado: "El niño con el pijama de rayas".

Atravieso tres vagones del AVE hasta alcanzar la cafetería, y, sin poder evitarlo, voy fijándome en los títulos que los viajeros sujetan en sus manos, y a continuación, busco en sus caras un poco frecuente efecto de concordancia.

Mientras tomo mi té en pequeños tragos, no puedo dejar de pensar en que he visto al menos cinco veces la portada de rayas en diferentes tonalidades de verde.

Hace algún tiempo, comencé a leerme el libro de Boyne, pero en cuanto comprendí que se trataba de una historia de nazis, lo dejé inmediatamente en su respectiva estantería, de donde no ha vuelto a salir.

Probablemente se trate de un buen libro, de un excelente relato de una de las peores historias que se pueden contar (la guerra, el genocidio), pero ya he visto y he leído demasiadas historias de nazis. Me quedo con la deliciosa fábula (algo empalogosa, también es cierto) "La vida es bella", en la que un padre estructura narrativamente la realidad circundante a su hijo pequeño hasta convencerlo de que la devastadora experiencia de un campo de concentración se trata, en realidad, de un juego en el que todos concursan por el premio de un tanque, aliviando de éste modo el sufrimiento que dicha vivencia causaría en el pequeño, así como en su futuro desarrollo. Y si tuviera que optar por un libro, recomiendo "El hombre en busca de sentido", del austríaco Victor Frankl (1946), base de su técnica psiquiátrica, conocida como "logoterapia", en el que imprime pensamientos derivados de los años que él mismo pasó en un campo de concentración nazi, tan impactantes como el siguiente, que extraigo de su obra:


"Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino"


Llegó a Atocha y en la estación hay una feria del libro y en cada stand, un cartel promocional con el slogan: !libros al tren! Y una de las dos portadas que se suben a los vagones, no hace falta decirlo, ¿verdad? La verde a rayas.


Como si no se hubieran producido más guerras, ni más genocidios en el mundo.


Y me sale la vena snob. Hasta que no encuentre reunidas en el mismo espacio físico cinco personas que hayan visto "La vida secreta de las palabras", sobre la vida de una superviviente a las violaciones y las torturas de la guerra de Bosnia, quizá tan reciente en la memoria colectiva, que quema hacer arte sobre la brutal limpieza étnica que tuvo lugar entre 1992 y 1995, o la magnífica "Hotel Rwanda", basda en un hecho real acontecido en 1994 durante la guerra civil entre hutus y tutsis (con el correspondiente exterminio de un gran número, unos 800.000, de éstos por razones étnicas) o hayan leído "Cometas en el cielo", que narra los efectos de la invasión de las tropas soviética en Kabul de 1979 y la posterior llegada al poder de los talibanes, o "La insoportable levedad del ser", de Milan Kundera, con la Primavera de Praga del 68 como escenario de fondo de las vidas de sus personajes, o cualquiera de las realmente excelentes obras de Asne Seierstad, como el bestseller "El librero de Kabul, o su más reciente Angel de Grozni, escrita en base a entrevistas personales que ella mismó realizó a personas anónimas de Chechenia (de conflictos y guerrillas interminables imposibles de fechar), a huerfános azotados con látigos de hilos de cobre al rojo vivo, a madres de muchachas jóvenes, "terroristas" autoinmoladas en el teatro de Moscú, por citar sólo algunos ejemplos de mis favoritos, sólo entonces abriré la portada a rayas verdes y me sentaré a disfrutar, sin duda, de una buena historia.

Eva MMJ

                                                                                                 

 

 


 

Mi compañero, que es muy competitivo, afirmaría sin dudas que quedar el segundo es perder el primero. Con el témino finalistas (y su suculenta cuota económica asociada) parece que finalistas y ganadores son capaces de posar sonriendo juntos para la prensa. Aunque el finalista quizá piense que ha estado tan cerca, que él se lo merecía tanto como el otro y todo este tipo de pensamientos que embargan a los "segundones"


Esta vez les ha tocado la foto del premio Planeta a Sabater, por "La hermandad de la buena suerte", y a Angela Vallvey por "Muerte entre poetas". Aun no he leido ningundo de los dos, así que necesariamente pospondré mis comentarios sobre estas obras.


Sin embargo, me gustaría aprovechar la oportunidad para hablar de la edición pasada. A Juan Jose Millas le han concedido esta misma semana el Premio Nacional de Narrativa, lo que revalida la legitimidad de su obra para figurar entre los populares "Planetas". Pero, ¿que sucede con el finalista del 2008?


No sé si ha habido mucha gente o poca que haya leído "Villa Diamante", ni tampoco he oído a nadie hablar sobre ella, aunque sí por supuesto sobre que el premio recayese en el conocido Boris Izaguirre. Como si sólo por el hecho de escribir un libro, se convirtiera en un escritor.


La verdad es que no logró entender cómo este galardón le fue concedido a Boris. Compré su obra esperando descubrir el lado intelectual del venezolano, cuyos destellos había atisbado en algún artículo, pero, sinceramente, "Villa Diamante" me pareció una novela pésima.


Una novela que continué leyendo hasta el final buscando qué la había distingido de tantas otras para recibir el premio, saltando entre escenas enteras muy parecidas a a las comidas con muchos invitados noveladas por García Marquez, la dictadura de la opresión en la que nadie podrá superar a Vargas Llosa, con sus alianzas secretas, sus torturas, y una dosis extra de

un dramatismo avinagrado y autocompasivo, que parece terminar en un cuento de hadas, y que no es más que una rancia venganza por la que al lector no le apetece pasar.


Y la malograda introducción de un personaje, un arquitecto italiano, una pequeña nota tan extravagante como inconexa, que casi al final del libro parece querer darle un nuevo giro, que no queda más que en un extremo colgando, que no logra hilvanar en el texto de la novela.


¿De verdad esta obra mereció ser la finalista entre otras 469 presentadas? O más bien en realidad sólo consiguió, perder en el primer puesto.


Eva MMJ


ESTILOS DE VIDA

Enviado por: Eva María in LiteraturaClub de lecturablog on

Eva María

Vivo en una urbanización anexa a un pequeño pueblo, Castilleja de Guzmán,a unos 6 km de Sevilla. El pueblo tiene una calle principal en la que se encuentran el Ayuntamiento, la Policía, el Juzgado de Paz, el consultorio médico, la farmacia, un bazar, el supermercado, una cábina de teléfonos, la biblioteca, un quiosco de prensa, los contenedores separadores de reciclaje y un bar. Puedes recorrerla de un extremo a otro en tres minutos.


La urbanización se encuentra separada artificialmente de este pequeño núcleo por la carretera secundaria que asciende desde Sevillla a la superpoblada cornisa del Aljarafe. Las casas de la urbanización apenas tienen diez años, son bonitas y elegantes, de tres plantas, con un patio delate y un amplio jardín trasero. Habrá unas 250, y en cada una de ellas, habita una familia joven con al menos dos hijos menores de 5 años.


En esta urbanización hay un sendero de alvero flanqueado de árboles que conduce al pueblo, dos parques pequeños y otro enorme, centro neurálgico de relaciones sociales.Pero no encontrarás un sólo sitio donde comprar una barra de pan, leche, o el periódico del día. Ni un buzón de correos, ni una cabina. Ni un solo bar, hasta que en verano abrieron un quiosco en el parque.


Es un lugar diseñado para que nos conozcamos unos a otros como lo "padres de". Nadie sabe que me llamo Eva. Soy la "mamá de Haizea" Esto hace que las relaciones entre la mayoría de los adultos del pueblo se limiten a esporádicos encuentros ante la puerta de la guardería o el colegio, o a retazos de inicios de conversaciones junto al tobogán que terminan apresuradamente cuando uno de los dos pequeños, que han coincidido durante décimas de segundos en ese juguete, decide rápidamente buscar una nueva actividad en la que invertir sus inagotables energías, conformando un paisaje de niños que corren en todas direcciones y de padres que tratan frenéticamente de perseguirlos con la merienda y el jersey en la mano.


Estos niños a veces se detienen ante la tarea comunal de llenar de guijarros un par de cubos de plástico decoloridos, y entonces tienes la opción (más bien la necesidad) de hablar con otro adulto, al que apenas conoces de vista, ¿ya le has quitado los pañales? No, el mío ya duerme solo. En casa me come peor, yo lo tengo en el catering.


Sobre las 7:30, en cuanto comienza a oscurecer, se instaura el toque de queda, y todos los niños corren acorralados por sus padres hacia sus respectivas bañeras, y las puertas de casa permanecen cerradas hasta la maratón de la mañana siguiente.


Por eso, estratégicamente, el área de cultura del Ayuntamiento colocó en el tablón de anuncios de la guardería, un cartel para inscribirse al club de lectura de la biblioteca. Un reducido grupo de adultos que, mágicamente, volvían a sentirse seres individuales, capaces de expresar opiniones más allá de las naturales preocupaciones por el correcto desarrollo de su progenie.


En primer lugar, cada uno recuperamos nuestro nombre, y con él, esa parte de la identidad que de vez en cuando resulta saludable disgregar de los demás.


De diferentes edades y oponiones, todos respetamos lo que el otro tenía que decir, en un espacio creado exclusivamente para el debate dialéctico, para enriquecer nuestros puntos de vistas con las aportaciones de los compañeros, y reforzar nuestras convicciones frente a pequeña discrepancias, que nos llevan a refinar nuestras argumentaciones al respecto, y por tanto, a integrarlas mejor en nuestro sistema de pensamiento.

Como jóvenes adultos obsesionados con la educación de nuestros hijos, hasta el punto de desatender nuestras propias necesidades, como si fuéramos ya el producto final, clímax de nuetro desarrollo individual, durante dos horas nos recordamos a nosotros mismos nuestras posibilidades infinitas aun abiertas de crecimiento y maduración personal.

Eva MMJ


Aquel mes de julio, de nubarrones colosales, emprendí un viaje a Galicia con un par de amigas, porque según cuentan, la gente peregrina hacia aquel lugar cuando ha perdido algo, o cuando no consigue reunir las fuerzas para encontrarlo, y por el camino, se encuentra consigo mismo y con la dirección que ha de tomar.

Yo iba a ir de todas formas, y ellas decidieron acompañarme. Dos chicas extrovertidas que le alegraban el viaje a todo el autobús, con sólo decir que eran de Sevilla. Aunque durante el largo trayecto cambiamos tantas veces de asiento que sería imposible recordarlo, al segundo o tercer día, cuando nos dirigíamos a visitar la turística Isla de La Toja, mi compañera de asiento era una ancianita de nariz prominente, con la que apenas crucé palabra. Ella viajaba con su hermano y la esposa de éste.

Siguiendo el orden natural de salida de un autobús, descendí por las escaleras pocos segundos después de ella, los suficientes para oír a su hermano decirle 'Astarózhna', mientras le agarraba de un brazo para ayudarla.

Me situé cerca de aquel curioso trío durante la parada de rigor en el área de servicio para tratar de captar algún fragmento de sus conversaciones, pero hablaban demasiado bajo entre ellos.

Recuperamos nuestras posiciones en el autobús, y justo antes de atravesar el puente de la La Toja, el guía cogió el micrófono, para trasmitirnos la tradición local de pedir un deseo y contener la respiración a lo largo de todo el puente, para que se vea cumplido. ¿Quién puede resistirse?

Cuando llegamos al otro extremo, todos los ocupantes del autobús se felicitaban entre sí, como chiquillos, y el hermano de Juanita Unzueta, desde el asiento de atrás, le preguntó: ¿Qué has pedido tú? Ella se volvió muy digna, y con una asombrosa estoicidad, respondió, ignorando mi presencia por completo: 'Quiero volver a Leningrado... antes de morirme' añadió.



Poco a poco, como si tratase de dar de comer de la mano a pájaros asustados, conseguí incluirme en las conversaciones de aquellas tres personas que habían captado mi curiosidad desde que las oí hablar en ruso entre ellas, y en castellano con el resto del grupo. Juanita Unzueta vivía en Eibar, y a su avanzada edad, aun impartía clases de danza clásica. Junto a su hermano y a su cuñada, había vivido prácticamente toda la vida en Rusia, desde que siendo unos niños sucios y hambrientos en plena guerra civil española fueron evacuados tras los bombardeos de Guernica.


Admirada por su historia, en aquel momento no fui capaz de imaginarme el sufrimiento de aquellas vidas, sino que sólo quería saber cómo era la Rusia soviética, de la que seguían enamorados, y sonreían mientras me contaban, llenos de orgullo, detalles de aquel singular períodos de sus vidas.


Mucho tiempo después de que terminaran aquellas vacaciones, continué pensando en Juanita Unzueta, y cada vez que me he encontrado con alguna historia o documental de "los niños de Rusia", me he detenido a tratar de imaginar la historia que les había tocado vivir a aquellos tres simpáticos ancianitos.


No soy aficionada a la novela histórica, pero mi compañero, que es vasco, al igual que mis dos hijos, Haizea (viento) e Inhar (chispa de la vida), trajo a casa el otro día un libro titulado "Los cuatro vientos", de Dave Boling, sobre la vida en un caserío de Guernica antes y después de los bombardeos. Me acordé una vez más de Juanita, y empecé a leerlo. Es mi pequeño homenaje hacia una desconocida que después de una vida durísima, mantenía una sonrisa, y aun le quedaban fuerzas para pronunciar un deseo, que resume la realidad del desarraigo de los que pasan toda una vida añorando volver a su país, para sentirse unos extraños en su tierra cuando al fin regresan.

                                                                                 

                                                                              Mi hija Haizea, mi compañero y yo vestidos de caseros

Eva MMJ


 

Ya he hablado con anterioridad de un programa televisivo de entrevistas que a veces me resulta interesante, por lo que presto atención al nombre de los invitados y acontinuación decido si me apetece verlo o no (así de crueles podemos llegar a ser con el trabajo de los demás que "crean" para nosotros). Esta vez Antonio San José compartía mesa con Alex Rovira, autor de un libro, "la buena vida" que se coloca en las lista de los 5 más vendidos en este país, en la categoría de no ficción.

Normalmente el presentador de este programa suele ser un tipo que sabe llevar bien las conversaciones, cómo extraer de un silencio una pausa que precede a una revelación más profunda, y cuándo aportar su presencia para que el diálogo estancado siga fluyendo.


Pero en esta ocasión, no le hizo ninguna falta recurrir a sus buenas habilidades, porque Alex Rovira hablaba sólo, iluminado por una profunda fe en su pensamiento, de tal modo que su discurso parecía efectivamente el del que ha encontrado el (su)camino, pero también el de cualquiera que focaliza en exceso toda su energía en esa fe, olvidando dejar un necesario resquicio para la duda, por donde respire su teoría.


Un orador extraordinario que consiguió asombrarme por su elocuencia durante veinte minutos, aproximadamente. Así que compré su libro nuevo, que venía con un cuadernito a juego, en el que en cada página en blanco, el lector que escribe en él encuentra una inspiradora cita.


El libro es delgado, y con una letras enormes, lo que a mi madre le ha encantado, una portada sugerente y un título irresistible, ¿quién no desea tener una buena vida?


Antes de proseguir, debo decir que soy psicóloga, y que inevitablemente mi crítica a esta obra se ve sesgada por esta condición. Porque no me gustaría hablar mal de este autor, es sólo, como si hubiera aprendido a montar en bicicleta, y extasiado ante los placeres que le produjese dicho hecho, tratase de compartir este conocimiento con todos los demás (caramba, su web se puede leer incluso en japonés, que alegría de testosterona), y para ello, decidiese escribir un libro en el que explicase a todo el mundo cómo montar en bicicleta. Podemos imaginar el resultado.


Me encantaría que hubiese gente a la que este libro le resultase extraordinario, que nunca haya leído nada parecido y que su lectura le ayude a reflexionar sobre su vida y contribuya a su felicidad.

Pero siento decir, que para mí todo lo que tenía que decir este autor ya viene dicho en esas citas que adornan la libretita de regalo, porque el resto del contenido de su obra no es más que una casi fanática explicación minuciosa de las mismas.


Quizá los psicólogos deberíamos afanarnos en escribir mejores libros para el público en general, en lugar de seguir diciendo "lo que todo el mundo sabe, con palabras que casi nadie entiende" y así no nos pisarían el césped predicadores de carpa de gran elocuencia (o grandilocuencia).


Eva MMJ


Hoy todos sabemos que el novel 2008 de narrativa ha ido a parar a   Jean-Marie Gustave Le Clézio , para mi, he de confesar, un auténtico desconocido

Después de un rato buceando de portal en portal, podría escribir aquí algo sobre la vida de este señor, o sobre las obras que ha escrito hasta ahora, y ordenarlas cronológicamente.

.Pero voy a elegir una sola frase suya, emitida oralmente, que no sé si será fruto de la espontaneidad o era una réplica bien estudiada, una autodefinición madurada a lo largo del oficio de escritor:

"escribir no es sólo estar sentado en tu mesa contigo mismo, es escuchar el ruido del mundo. Cuando estás en la posición del escritor se percibe mejor el ruido del mundo, vas al encuentro del mundo"

 Como simple aficcionada a la escritura, encuentro esta cita sencilla, y muy acertada. Quizá alguien tenga un infinito universo interno del que extraer inagotablemente buenas historias, pero en la mayoría de las ocasiones, el escritor, y hasta el que pretende serlo, no puede simplemente pasar por delante de la realidad.

Un ejemplo doméstico, con el que me siento algo estúpida al revelarlo. Esta misma mañana he ido a realizar la compra a unos grandes almacenes. Al llegar a la caja, una muchacha muy maquillada, de gestos algo impacientes, al parecer enseñaba a ser cajero de un hipermercado a un señor. Un señor mucho mayor que ella, de muy buena apariencia, podría pasar por director de banco. Y él, muy digno, arrimaba la cara al teclado, antes de pulsar con dedo la tecla correspondiente.

Por lo que mi mente ha volado hacia cada pequeño movimiento de ese hombre que parece provenir de una clase social acomodada, que podría ser un catedrático, o un empresario de cualquer tipo, que debido a la dificultosa situación económica haya tenido que abandonar su actividad actual (o ha sido invitado a hacerlo) y recurre, tras una larga cadena de entrevistas "seria" absolutamente desalentadoras que terminan con una palmadita en la espalda, a aceptar un puesto de cajero de hipermercado, para mantener a su familia.

Esa es la posición del escritor, buscamos y creamos historias en cuanto se nos presenta la más mínima oportunidad, y algunas veces, estas creaciones se corresponden con la realidad y entonces conseguimos ser mejores amigos, mejores padres, mejores compañeros, y mejores personas, porque nos preocupa saber, que historia hay detrás de los pequeños movimientos que nos rodean, y que fácilmente podrían volverse imperceptibles.

Eva MMJ