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Aquel mes de julio, de nubarrones colosales, emprendí un viaje a Galicia con un par de amigas, porque según cuentan, la gente peregrina hacia aquel lugar cuando ha perdido algo, o cuando no consigue reunir las fuerzas para encontrarlo, y por el camino, se encuentra consigo mismo y con la dirección que ha de tomar.

Yo iba a ir de todas formas, y ellas decidieron acompañarme. Dos chicas extrovertidas que le alegraban el viaje a todo el autobús, con sólo decir que eran de Sevilla. Aunque durante el largo trayecto cambiamos tantas veces de asiento que sería imposible recordarlo, al segundo o tercer día, cuando nos dirigíamos a visitar la turística Isla de La Toja, mi compañera de asiento era una ancianita de nariz prominente, con la que apenas crucé palabra. Ella viajaba con su hermano y la esposa de éste.

Siguiendo el orden natural de salida de un autobús, descendí por las escaleras pocos segundos después de ella, los suficientes para oír a su hermano decirle 'Astarózhna', mientras le agarraba de un brazo para ayudarla.

Me situé cerca de aquel curioso trío durante la parada de rigor en el área de servicio para tratar de captar algún fragmento de sus conversaciones, pero hablaban demasiado bajo entre ellos.

Recuperamos nuestras posiciones en el autobús, y justo antes de atravesar el puente de la La Toja, el guía cogió el micrófono, para trasmitirnos la tradición local de pedir un deseo y contener la respiración a lo largo de todo el puente, para que se vea cumplido. ¿Quién puede resistirse?

Cuando llegamos al otro extremo, todos los ocupantes del autobús se felicitaban entre sí, como chiquillos, y el hermano de Juanita Unzueta, desde el asiento de atrás, le preguntó: ¿Qué has pedido tú? Ella se volvió muy digna, y con una asombrosa estoicidad, respondió, ignorando mi presencia por completo: 'Quiero volver a Leningrado... antes de morirme' añadió.



Poco a poco, como si tratase de dar de comer de la mano a pájaros asustados, conseguí incluirme en las conversaciones de aquellas tres personas que habían captado mi curiosidad desde que las oí hablar en ruso entre ellas, y en castellano con el resto del grupo. Juanita Unzueta vivía en Eibar, y a su avanzada edad, aun impartía clases de danza clásica. Junto a su hermano y a su cuñada, había vivido prácticamente toda la vida en Rusia, desde que siendo unos niños sucios y hambrientos en plena guerra civil española fueron evacuados tras los bombardeos de Guernica.


Admirada por su historia, en aquel momento no fui capaz de imaginarme el sufrimiento de aquellas vidas, sino que sólo quería saber cómo era la Rusia soviética, de la que seguían enamorados, y sonreían mientras me contaban, llenos de orgullo, detalles de aquel singular períodos de sus vidas.


Mucho tiempo después de que terminaran aquellas vacaciones, continué pensando en Juanita Unzueta, y cada vez que me he encontrado con alguna historia o documental de "los niños de Rusia", me he detenido a tratar de imaginar la historia que les había tocado vivir a aquellos tres simpáticos ancianitos.


No soy aficionada a la novela histórica, pero mi compañero, que es vasco, al igual que mis dos hijos, Haizea (viento) e Inhar (chispa de la vida), trajo a casa el otro día un libro titulado "Los cuatro vientos", de Dave Boling, sobre la vida en un caserío de Guernica antes y después de los bombardeos. Me acordé una vez más de Juanita, y empecé a leerlo. Es mi pequeño homenaje hacia una desconocida que después de una vida durísima, mantenía una sonrisa, y aun le quedaban fuerzas para pronunciar un deseo, que resume la realidad del desarraigo de los que pasan toda una vida añorando volver a su país, para sentirse unos extraños en su tierra cuando al fin regresan.

                                                                                 

                                                                              Mi hija Haizea, mi compañero y yo vestidos de caseros

Eva MMJ


A veces, cuando obtengo información sobre un libro que no he leído, acaba resultándome más interesante la conexión de ideas y recuerdos de pensamientos que desfilan libremente durante unos segundos por debajo del umbral de mi consciencia, invocados por lo que interpretan como un dato más que encaja en la visión de un todo, que la lectura del ejemplar en sí mismo.

Ese todo, no hace falta decirlo, se escurre cuando trato de aprehenderlo, del mismo modo que podemos percibir estrellas por el rabillo del ojo, que desaparecen repentinamente cuando las buscamos deliberadamente con nuestra mirada, aunque esto tiene una explicación fisiológica, y por tanto, no inquieta a nadie.

Encuentro un artículo titulado, como la obra de Torrente Ballester,

"Yo no soy yo, evidentemente", (http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=10373&num=869&sec=32) sobre la nueva novela de Alvaro Enrigue, en el que se dicen cosas como que el "yo", la identidad personal o como queramos llamarlo, es una ilusión de continuidad, una superstición cultural que nos lleva a creer que nuestras vidas poseen un argumento que se desarrolla en el tiempo, y que nosotros mismos, como personaje central, recorremos creyéndonos idénticos a ayer.

 

Desenpolvo mi carperta de manuscritos no publicados (como si tuviera una de publicados) y decido extraer uno, que en su día bauticé, "Supongo que fuí yo":

 

Aquella mañana, debido a la necesidad de realizar alguna improrrogable gestión que no logro recordar, regresé a aquel pueblo, y una vez cumplimentado el motivo de mi visita, lo olvidé de inmediato y me dediqué a deambular por sus calles sin prestar demasiada atención a la dirección que tomaban mis pasos.

 

Caminé durante largo rato con un ritmo rápido, regular, sin detenerme demasiado a examinar cómo la luz vertical de principios de octubre, más afilada y diáfana que la estival, a la que mis ojos estaban acostumbrados en aquel lugar, extraía perfiles sutilmente diferentes a todas las casas y edificios, más serios o más reales, como si el verano consistiese en una efímera representación teatral llevada a cabo por todo el municipio para sus residentes temporales.

Caminaba como si recorriese, comprobando, el estado interno de mis recuerdos, que emergían durante unos instantes de sus respectivas ubicaciones, algo descoloridos, confirmando su espectral persistencia, y contemplé cada uno con la neutralidad bien entrenada que había ido adquiriendo en el último año, esbozando apenas una breve sonrisa, de un escepticismo ya gastado.

Me dirigía a tomar un café antes de regresar a mi vehículo y emprender el camino de vuelta a casa, cuando de repente, alguien pronunció mi nombre en voz alta, y yo me giré automáticamente al escucharlo.

Era una mujer rondado los cincuenta, divorciada, con dos hijos, uno de ellos de mi edad, que pese a haber nacido en aquel pueblo, residía con su actual pareja a unos 45 kilómetros de allí. Era profesora de escuela, por lo que una vez iniciado el curso escolar, su presencia allí, un miércoles laboral de principios de octubre a media mañana, resultaba tan insólita como la mía propia.

Y sin embargo, era la única persona que me lo habría dicho.

-Se ha casado. ¿No sabías nada? Sí, la semana pasada. Fíjate, yo tampoco he ido a la boda.

Durante unos segundos me quedé pensando si no la habría invitado, o si acaso ella no hubiera querido asistir a su boda, y si, pese a haber sido prácticamente como su madre en los últimos siete años, se encontraba tan alejada y decepcionada como yo mismo lo estaba.

-No, no sabía nada- y probablemente habría continuado mucho tiempo sin saberlo si no me hubiese encontrado a aquella mujer en un lugar improbable en un momento improbable.

Nos despedimos apresuradamente, algo incómodos, y mientras tomaba en solitario aquel café, esperaba con paciencia el impacto de aquella noticia en mi estado de ánimo: rabia, resentimiento, nostalgia. Me disponía a contemplar mis propios sentimientos con la misma neutralidad entrenada con que había observado los recuerdos ligados a aquel lugar. Celos, una fuerte opresión en el pecho, prácticamente indescifrable, que casi me impidiera respirar. Algo.

Nos habíamos visto por última vez a escasas manzanas de aquella cafetería, hacía poco más de un año. Nos dijimos adiós, ante un tren que partía, y mi propia voz me sonó tan cansada, como si hubiese despedido a mi peor enemigo. Aunque no lo habíamos acordado, ninguno volvió a ponerse en contacto con el otro. Durante la Navidad esperé, temeroso, la llegada de una felicitación cortés. El día de mi cumpleaños, en febrero, aun temí una llamada de viejos amigos que nunca fuimos y que por supuesto ya no éramos.

Después de aquello, dejé de esperar cualquier contacto intencional y me resultó más fácil seguir con mi vida. Pero supongo que de algún modo, aquella historia que quedaba colgando, sin un final, ocupaba un lugar en mi memoria por el que evitaba pasar.

Tras siete años, y para mi sorpresa, no me costó demasiado esfuerzo enterrar los recuerdos bajo capas de olvido, ocupando la mayor parte de mi tiempo con una actividad laboral que a todas luces excedía lo saludable, a fin de restarle posibilidad alguna al abatimiento que me perseguía.

Aquella mañana, algo fresca, de principios de octubre, mientras accionaba el mando a distancia de vehículo, pensaba en la facilidad con la que alguien, que ha sido tan importante para nosotros en algún momento de nuestras trayectorias personales, desaparece de nuestras vidas. Nuestros amigos y familiares dejan, primero, de preguntarnos por ellas, y poco a poco, ya no hablamos sobre ellas con los demás, y si lo hacemos, es porque resultan de utilidad para ubicar temporalmente alguna otra anécdota, y su recuerdo apenas recibe un trato superficial, como un dato, una fecha confirmada de nuestra propia biografía.

Conducía mecánicamente, mientras el paisaje iba quedando atrás del otro lado de las ventanillas, cuando noté que una lágrima, y luego otra, corrían por mis mejillas. Hacía un año había cortado deliberadamente toda comunicación entre mis emociones y mi conciencia, por lo que no me resultaba fácil discernir qué era exactamente lo que provocaba mi llanto. Desde luego, no se trataba de razones sentimentales, al menos no hacia aquella otra persona que había contraído matrimonio.

Continué llorando buena parte del camino de regreso, hasta que no me cupo duda, que lloraba por mi mismo, por mi pasado, por el olvido. Por esos siete años que ya nadie recuerda, de los que nadie habla. Que yo mismo contemplo como un espectador lejano. Que apenas recuerdo. Y me imagino como un borrón de mi propia memoria dentro de siete años, sin que me reconozca, como un extraño, cuya conducta no acertamos a comprender.

Entraba en la ciudad y la intensidad del tráfico me obligó a mantenerme alerta, borrando los últimos restos de lágrimas, casi tarde tanto en atravesar las avenidas colapsadas como en el trayecto de algo más cien kilómetros en autovía, hasta que finalmente, llegué a casa. Aspiré inconscientemente los olores conocidos de mi portal, abrí la compuerta del buzón con un gesto rápido, repetido miles de veces, y busqué con el tacto la llave de mi apartamento entre todas las que se agolpaban en mi llavero.

Cerré los pestillos de la puerta a mis espaldas, dejando atrás a un extraño que había llorado porque no lograba recordar a otro extraño que había sido él mismo, resignándome a vivir en un eterno presente, en el que cualquier ilusión de posesión de un pasado no resultaba más real, que cualquier otra historia que nos contemos a nosotros mismos.

Eva MMJ