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Un profesor de la Facultad de Psicología de Sevilla, comentaba siempre entre chistes, que lo objetivo, no es más que el consenso de lo subjetivo. El salón de mi casa mide 5 metros exactos. Nadie pondría en duda esta información, ni pensaría que son suposiciones mías, y que quizá otra persona pensaría de otro modo al respecto, si le aseguro que he usado una cinta métrica para obtener esta medida.

En 1791, la Asamblea Nacional francesa encargó a doce reputados científicos la revisión de las unidades métricas por aquel entonces vigentes. Este equipo acordó definir el metro, como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre.


Como la longitud del meridiano no resultaba práctica para el uso diario, se fabricó una barra de platino, que representaba la nueva unidad de medida, y se puso bajo la custodia de los Archives de France.


Aunque la historia no recoge la narración de aquel suceso, imagino a los doce científicos haciendo sus respectivas comprobaciones individuales, para poder asegurar que aquella vara efectivimante medía algo que acabarían llamando metro.


¿Pero, cómo podían cada uno estar rigurosamente seguros de que lo que sus ojos veían era lo mismo que lo que veían los ojos de cada uno de los 11 restantes?


Por lo que en última instancia, basándose en lo que cada uno creía ver (una percepción indemostrable para los demás, algo muy parecido a lo que entendemos por "subjetivo") consensuaron que aquello que todos parecían ver como un metro, era, en realidad, un metro. Y nadie duda de la objetividad imparcial de esta medida.


Los niños aprenden de un modo parecido a dar un nombre a quello que están sintiendo. Y así, emociones tan complejas y difíciles de definir como, por ejemplo, miedo, sufren un proceso de objetivación de lo subjetivo.

Mi hija de dos años y medio me dice que le dan miedo los monstruos, y por un momento, pienso en lo complicado que es que ella misma sepa ponerle nombre a una respuesta que se produce en su organismo, ante determinadas situaciones.

Pienso en la cantidad de veces que mi madre, mi compañero o yo misma, al verla retraida ante algún objeto/animal/persona que los adultos interpretamos como posible amenazantes, le hemos dicho ¿te da miedo el perro?, No los perros son buenos, no hay que tener miedo.

Nos hemos excusado ante los demás por ellos, cuando se tapan fuertemente los oído con las manos durante una exhibición pirotécnica: es que le dan miedo los fuegos artificiales.

O, apoyándonos en un material de lectura, hemos señalado el dibujo del cerdito temblando, o el de caperucita agazapada, llorando, y le hemos interpretado: mira, tiene miedo del lobo feroz.

Y de este modo, poco a poco, los niños aprenden a reconocer sus propias emociones y hasta a darles un nombre, lo que resulta de gran utilidad para comunicarle a los demás cómo nos sentimos y obtener un resultado: "papá, tengo miedo", para recibir un abrazo protector, "mamá, estoy muy triste", para que ella trate por todos los medios de modificar nuestro estado emocional, o que al menos nos pregute por qué nos sentimos así.


Una vez que consensuamos con el mundo que lo sentimos en nuestro interior es algo parecido a lo que sienten el resto de las personas, rabia, ira vergüenza, y todos parecemos entender de qué se trata, las palabras comienzan a desligarse de su referente inmediato, y a convertirse, como el metro de metal, en entidades objetivas que podemos utilizar en nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.


Como ya comentamos en el post Literatura y narrativa, darle nombre a algo, estructurar lingüísticamente un suceso, supone fabricarle la llave exacta con la que poder buscarlo en el almacén de nuestros recuerdos.

De hecho, se ha demostrado que nos resulta más dificultoso recordar olores, porque mucho de ellos no poseen una denominación precisa. Podemos tropezar con ellos por casualidad en nuestra memoria, pero si no sabemos qué estamos buscando, difícilmente podremos encontrarlos.


Las palabras, el lenguaje, van extrayendo de la oscuridad de lo indefinido aquello que nos resulta relevante aprender, de modo que podamos identificarlo, y recordarlo.

Lo que vagamente me hace pensar en algunos extractos religiosos como el Génesis, o más profanos, como la cración de de Narnia, en que los seres que habitaban este mundo iban naciendo a la vida conforme sus nombres eran pronunciados.

Eva MMJ