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Fulgencio Argüelles, Escritor asturiano y psicólogo, nacido en 1955.

Como en todas las reuniones iniciamos el comentario del libro que nos ocupa con una pequeña biografía del autor, que si bien en otras ocasiones no he detallado, en esta creo que deberé hacerlo, ya que es un escritor que se prodiga muy poco en los medios: fue Premio Azorín 1992 por Letanías de lluvia, Los clamores de la tierra (1994), el libro de relatos cortos Del color de la nada, Recuerdos de algún vivir (1999), obtuvo el Premio de Novela Principado de Asturias 2000. En 2003 ganó el Premio Café Gijón, uno de los premios más antiguos y respetados, con El Palacio de los ingenieros belgas.

Tenemos la suerte de que una de nuestras lectoras le conoce personalmente, ya que estuvo en el Instituto del que es profesora (I.E.S. Cinco Villas), hablando con los chavales de Bachillerato sobre este libro, y que, según nos comenta, dejó a todos encantados, tanto el libro como el autor.  

La sorpresa de la que os hablaba en mi entrada anterior, es que este es un libro que, o te gusta mucho y lo recomendarás y defenderás con todas tus fuerzas, o por el contrario no te gusta y es muy posible que ni siquiera termines su lectura. Pues bien, eso es lo que pasó exactamente, nos convertimos de repente en dos grupos enfrentados, aun cuando hay que decir que los primeros fueron los más y los segundos los menos; lo realmente curioso es ver con que pasión se puede llegar a defender un libro de un autor del que desconocemos casi todo. Debo ser sincera: No fui imparcial y en muchos momentos olvidé mi papel de moderadora y me posicioné abiertamente en el bando mayoritario. También es posible que en el resumen y comentario que encontraréis bajo la bella portada del libro, tampoco sea parcial.  

 

"El palacio azul de los ingenieros belgas", es una novela que hemos situamos en torno a los años de la Dictadura de Primo de Rivera, años revolucionarios de 1934 en Asturias, hablamos de finales del XIX y principios del XX, esa que dio en llamarse "época de las chimeneas", de la aparición de empresarios industriales que llegaron dispuestos a explotar los grandes recursos; unos venían de provincias vecinas, pero otros llegaban de países extranjeros, en nuestro caso de Bélgica. Una clase acomodada que poseía el poder porque era dueña del trabajo, de la salud, de la educación y hasta del agua y del aire que se respiraba, que promovían mejoras sociales con la única finalidad de aumentar la productividad y por lo tanto sus ganancias. Mientras, va creciendo ese pueblo explotado que trabaja de sol a sol por poco más que la comida, surgen las revueltas. Este es el fondo del libro, pero en primer término están las historias de los diferentes personajes: Su hermana, la dulce y poética Lucía, una mujer muy adelantada a su tiempo, con la que sufrimos y a la que llegamos a perdonar incluso el haber matado a su marido; su madre, eternamente amargada y carente de compasión; su padre, minero al que conocemos en su propio entierro pero al que tan bien llegamos a conocer; su abuelo, fundamental para el futuro de Nalo; la abuela, que curiosamente siempre se expresa a través de refranes; Eneka, un hombre cabal, sensato y sensible, extraordinario, su maestro que había leído toda la Enciclopedia Universal; Elena, su primer amor; Julia, la niñera, con quien descubre el sexo; Jacob y su hermano Hendrik, los Ingenieros belgas, y  Geertghe esposa de Hendrik que junto con el abuelo de Nalo dan un sentido redondo a la novela pues sólo a través de lo que Nalo nos cuenta podemos intuir lo que hubo o hay entre ellos.  Y la Iglesia y su moralina tan habitual en la época. Encontramos otros personajes secundarios, pero no por ello menos importantes para la historia como Basilio, Alipio, Aida, Felix, Elvira, Caparina, y Natalia, entre otros.

 

El estilo literario es muy elaborado. Frases largas pero muy redondas, perfectamente cuidada la selección de un vocabulario muy culto (para algunos es aquí donde radica el problema a la hora de leer a Argüelles). Sus comparaciones y metáforas, están siempre llenas de poesía y sonoridad.

La novela está narrada en primera persona por el protagonista, que en palabras del propio autor, "es un aprendiz de jardinero empeñado en buscar y alcanzar la sabiduría". Nalo es un personaje creíble, que inicia su historia siendo aun niño y  nos llevará de su mano por la historia, mostrándonos la convivencia entre dos mundos: ricos y pobres, en una visión personal carente de rencor. La novela refleja la búsqueda constante del conocimiento y la perfección. A través de la vida de los personajes nos introduce en importantes momentos históricos que anuncian grandes cambios. Nalo entiende el amor como la manifestación más humana del conocimiento compartido.

Leímos este párrafo de unas declaraciones del autor: "Cuando uno lo ha perdido todo, cuando nada de lo que toca es suyo, ni siquiera la educación de sus hijos, ni el agua que bebe, ni el aire que respira, cuando a uno le roban el futuro y le obligan a jugarse la vida cada día para poder sobrevivir, entonces uno recoge el poco coraje que le queda lo junta con otros corajes y todos los corajes juntos agarran banderas y disparan fusiles y apenas nada queda para perder y renace la esperanza que es la vida."

Coincidimos con el autor que esto está cada día de más actualidad porque la intransigencia aumenta, las guerras se multiplican, la xenofobia está en el corazón de muchas personas como una auténtica peste que se propaga, los que tienen mucho multiplican sus riquezas y crece la muchedumbre de los miserables.

Nalo tuvo la suerte, gracias a la intervención de su abuelo, de no entrar a trabajar en las minas o en las fábricas para ganarse la vida. Con su trabajo de jardinero pudo observar mejor las vidas ajenas, tuvo la ocasión de aprender junto a Eneka, Jardinero jefe, de crecer por dentro, y desde su juventud, desde su humildad y su falta de rencor pudo ser capaz de ver los acontecimientos sociales que ocurrían a su alrededor. Comparte sentimientos con personajes de ambos lados, y con su sabiduría refleja de aquello que pudo ocurrir  pero que la  historia nos negó. Nalo crece, y aquellos que nos hemos implicado en su vida lo hemos visto crecer. 

Comentamos que la Guerra Civil Española pudo tener su inicio con la Revolución del 34, pero entendemos que no es una novela sobre el 34 o la Guerra Civil, sino sobre un mundo de injusticias y clases sociales muy distantes entre sí.

Las historias dentro del contexto de la novela no dejan de ser un compendio de pequeñas historias conformando una historia coherente y grande. Creemos que al construir esta novela busca conseguir una visión general de la vida. Eso que tan bien consiguieron nuestros narradores del XIX.

Se que no soy parcial, pero... ¿Puede alguien no enamorarse de esta Novela?

 

                                                                                  Susana


 

Un libro que no demasiados conocían hasta ahora ha pasado ser titular de noticia, y su autor no ha desprovechado ni por un momento la inesperada oportunidad de darse a conocer.

"Vicky Cristina Barcelona es un bodrio al 100%" con frases tan inspiradas como ésta, Alexis de Villar reclama su autoría sobre la última película de Woody Allen, asegurando que es un plagio de su obra "Goodbye Barcelona", y desde fuentes digitales, como "La Vanguardia" http://www.lavanguardia.es/lv24h/20081030/53570212677.html anuncia a bombo y platillo la lectura que desde el pasado lunes puede hacerse del primer capítulo de ésta novela en su página web

http://www.alexisdevilar.net/ .


Esperamos sinceramente que su lenguaje escrito se mucho mejor que el que emplea en sus declaraciones: "afirmo que esa pelicula insulsa está basada en mi novela 'Goodbye, Barcelona', que ha sido plagiada descaradamente. Si la peliculita de Allen es un verdadero engendro es porque además mi novela ha sido desfigurada para evitar obviamente cualquier queja por mi parte".


Después de esto, realmente entran pocas ganas de molestarse en esperar el tiempo que tarda en descargarse ese polémico primer capítulo, y dado que habría que leer el libro completo para juzgar, supongo que en breve lo veremos en muchas librerías, y serán muchos los que acudan morbosamente a comprarlo, o al menos, le echarán un vistazo.


Y vuelvo a repetir la palabra "morbo" en apenas unos días. ¿Cuándo dejaran de producirse y consumirse productos supuestamente culturales por morbo, y cuánto más tendremos que esperar para circule otro calidad de material?


Si al menos de todo esto, brotase una Cervantes, para mofarse de las "novelas de caballeros"....


Eva MMJ



 

            Descubro esta novela con un año de retraso. Ya la había visto en las librerías, por supuesto. Pero en su momento, como ya he explicado en posts anteriores, tuve que elegir entre la portada, casi pop-art de "Villa Diamante", y la funesta, de posguerra, con dos niños de pantalón corto, de "El Mundo".

 Un título tan serio como el propio nombre de su autor, que parecía augurar un contenido denso, cargado políticamente de resentimiento, nombres y fechas de innumerables batallas, y planes estratégicos que desplazaban las fronteras de colores sobre el mapa de España. Así que escogí "Villa Diamante".

Pero aproximadamente un año después, debo decirlo, atraída por el Premio de Narrativa concedido por el Ministerio, pienso que ha llegado el momento de leer "El Mundo".

Leo las primeras cinco o diez páginas mientras hiervo la pasta, y ya estoy plenamente convencida de que me va a gustar, y de que va a ocupar un espacio físico en mi vida necesariamente breve, porque la voy a devorar sin descanso, pero que, como el gato que Gala cocinó para Dalí porque no se lo podían llevar a un viaje, la ingeriré de modo que una parte de ella pase a formar parte de mí, carnalmente.

Y lo primero que se me ocurre, es que el título está mal puesto (por no hablar de nuevo de la portada) y que debería llamarse "La calle de mi infancia ", o "Cómo imaginé el mundo que los adultos no se molestaron en explicarme". Un poco largo, quizá, pero más acertado que el criptográfico "El Mundo", ¿no?

Aun así, hay cosas que me gustan mucho de esta novela y otras que suprimiría por completo. Por lo que pienso que Juan José Millás ha escrito sinceramente sobre sus recuerdos, porque cuando narrativizamos nuestro pasado, podemos lograr que sea más mágico de lo que realmente en aquel momento nos pareció que lo fue, pero nos sentimos inevitablemente obligados a ser honestos. Y si hubo algún personaje que nos hirió, que nos desbarató durante algún tiempo la vida, simplemente, no podemos eliminarlo del relato, por que si no, no estaríamos contando la historia de verdad, y muchas veces el que escribe sobre sí mismo, necesita hacer las paces con su pasado, y si Mª José no apareciera en esta novela, la historia no quedaría lo suficientemente cerrada para contemplarla desde lejos, y que duela menos.

Me han sorprendido mucho (por las expectativas que me había autogenerado), los momentos en que Juanjo juega con la realidad como con una pompa de jabón que deforma bajo su visión infantil, como el otro niño, de al otro lado, al que le roza los talones una y otra vez (como una imagen especular), cuando se introduce en la cama, el tendero que simula ser agente de la Interpol, y convence a su hijo "el Vitaminas" de que lo es, para tenerlo alejado de los juegos activos que podrían matarlo en cualquier momento, debido a "su enfermedad", por lo que el chaval permanece sentado a la puerta de su casa,  libreta en mano, anotando meticulosamente los movimientos de los que van y vienen por la calle.

Y para mí, lo mejor, el tranvía que los transporta a otro barrio de Madrid, que ambos niños, Juanjo y el Vitaminas creen habitado por las personas que mueren, "que pasan al otro lado", porque la muerte, como cita Millás, "no es más que un desplazamiento físico dentro de la vida".

El resto de la novela, tremendamente egocéntrico, de crisis de ansiedad, abusos de medicamentos, escapadas de agente secreto de situaciones fóbicas, reencuentros oníricos con "el amor de la infancia", y otros hechos desagradables, reafirman mi creencia de que el autor se ha sentido obligado a añadirlos para dotar de "verdad histórica" al relato de su vida.

Para mí, que el texto no constituye una autobiografía, sino una novela, le arrancaría unas cuantas páginas, y me parecería una historia más perfecta.

Desafortunadamente, esto es algo que sólo los demás pueden hacer con nuestras vidas, pero nunca, nosotros mismos.

 

Eva MMJ.


Llega el nuevo libro del japo de moda, "Afterdark", y lo hace, como no podía ser de otra manera, convirtiéndose en un éxito instantáneo de ventas.

¿Recuerdan aquella frase del post referente a Paul Auster, en la que repetía una afirmación que me salvaba de muchas situaciones? "Me gusta cómo escribe, pero no sobre lo que escribe"

Quizá eso sea también lo que pienso de Murakami, me gustan las partes, algunas partes, pero no el todo. Me gusta la transparencia de la realidad cotidiana que relata Haruki, pero no así los universos imaginarios o dimensiones paralelas, en llos que la presencia pre-sentida de algo oscuro se convierte en la trama en torno a la cual orbita el resto de la historia.

Con algunas excepciones, como el colonel Sanders del Kentucky Fried Chicken, que se aparece al personaje del transportista, como guía espiritual, en "Kafka en la otra orilla".

O la millonaria enigmática y su hijo mudo o que no necesita hablar, que recogen de la calle al protagonista de "Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo". Personaje éste, el del hijo, que se repite de alguna manera, ésta vez dotado del habla, como el amable, pulcro y efectivo bibliotecario de "Kafka en la otra orilla".

Es decir, disfruto intensamente con los personajes insólitos que logra transformar en entidades reales bajo su pluma, lo que me produce rechazo en la obra de Murakami es, precisamente el lado oscuro, por lo que el título de su nueva obra, de entrada, no me resulta muy atractivo.

En su volumen de relatos "Mujer ciega, sauce dormido", el lector puede sentirse realmente perplejo ante unos cuentos cortos, que en la mayoría de las ocasiones no constituyen la narración de una historia, ni siquiera de una breve, en términos de introducción-nudo-desenlace, sino que Haruki se permite la libertad de dedicar, por ejemplo, uno de sus textos a un trayecto de ida y vuelta en autobús, o, mi preferido, sobre una pareja que hace planes para ir a pasar un día al zoológico para ver unos determinados animales (que no recuerdo). Van y vuelven, y no sucede nada más.


Murakami, que durante un periodo de su vida regentó un club de jazz, confiesa que escribe tratando de emular el ritmo del jazz,( www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=8907&sec=31&num=834 )

lo que me lleva a pensar los que nos perdemos, inevitablemente, con la traducción, como la peli de la Coppola. Imposible reproducir la musicalidad pura de los fonemas japoneses.

Su pasión por la música se hace patente a lo largo de toda su obra, de hecho, mi fragmento favorito, que si pudiera lo congelaría hasta volverlo tangible, le pondría un marco sobrio, y lo colgaría sobre mi mesa de trabajo, es la escena de los primeros capítulos de "Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo", en el que el protagonista, que ha dimitido de su puesto, y sufre un proceso en el que paulatinamente va desligándose del mundo externo, se prepara meticulosamente un sencillo plato de pasta mientras escucha ópera.

Y se trata ésta de un escena cristalina, pura, perfecta, en la que un sujeto en paro, cuya mujer le ha abandonado, alcanza un estadio de felicidad nuclear, ajena a cualquier condicionante externo.

El Murakami que hierve espaguettis, es la esencia de Murakami.

Eva MMJ



Cuando su primer éxito aun no ha bandonado el número uno de los más vendidos, Boyne logra introducir su nueva novela, "Motín en la Bounty" en el mismo ranking de los superventas, coincidiendo con el estreno de la adaptación cinematográfica del libro que todo el mundo conoce, y que solucionó en buena parte la papeleta de los regalos Navidad del año pasado de presupuesto limitado: "El niño con el pijama de rayas".

Atravieso tres vagones del AVE hasta alcanzar la cafetería, y, sin poder evitarlo, voy fijándome en los títulos que los viajeros sujetan en sus manos, y a continuación, busco en sus caras un poco frecuente efecto de concordancia.

Mientras tomo mi té en pequeños tragos, no puedo dejar de pensar en que he visto al menos cinco veces la portada de rayas en diferentes tonalidades de verde.

Hace algún tiempo, comencé a leerme el libro de Boyne, pero en cuanto comprendí que se trataba de una historia de nazis, lo dejé inmediatamente en su respectiva estantería, de donde no ha vuelto a salir.

Probablemente se trate de un buen libro, de un excelente relato de una de las peores historias que se pueden contar (la guerra, el genocidio), pero ya he visto y he leído demasiadas historias de nazis. Me quedo con la deliciosa fábula (algo empalogosa, también es cierto) "La vida es bella", en la que un padre estructura narrativamente la realidad circundante a su hijo pequeño hasta convencerlo de que la devastadora experiencia de un campo de concentración se trata, en realidad, de un juego en el que todos concursan por el premio de un tanque, aliviando de éste modo el sufrimiento que dicha vivencia causaría en el pequeño, así como en su futuro desarrollo. Y si tuviera que optar por un libro, recomiendo "El hombre en busca de sentido", del austríaco Victor Frankl (1946), base de su técnica psiquiátrica, conocida como "logoterapia", en el que imprime pensamientos derivados de los años que él mismo pasó en un campo de concentración nazi, tan impactantes como el siguiente, que extraigo de su obra:


"Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino"


Llegó a Atocha y en la estación hay una feria del libro y en cada stand, un cartel promocional con el slogan: !libros al tren! Y una de las dos portadas que se suben a los vagones, no hace falta decirlo, ¿verdad? La verde a rayas.


Como si no se hubieran producido más guerras, ni más genocidios en el mundo.


Y me sale la vena snob. Hasta que no encuentre reunidas en el mismo espacio físico cinco personas que hayan visto "La vida secreta de las palabras", sobre la vida de una superviviente a las violaciones y las torturas de la guerra de Bosnia, quizá tan reciente en la memoria colectiva, que quema hacer arte sobre la brutal limpieza étnica que tuvo lugar entre 1992 y 1995, o la magnífica "Hotel Rwanda", basda en un hecho real acontecido en 1994 durante la guerra civil entre hutus y tutsis (con el correspondiente exterminio de un gran número, unos 800.000, de éstos por razones étnicas) o hayan leído "Cometas en el cielo", que narra los efectos de la invasión de las tropas soviética en Kabul de 1979 y la posterior llegada al poder de los talibanes, o "La insoportable levedad del ser", de Milan Kundera, con la Primavera de Praga del 68 como escenario de fondo de las vidas de sus personajes, o cualquiera de las realmente excelentes obras de Asne Seierstad, como el bestseller "El librero de Kabul, o su más reciente Angel de Grozni, escrita en base a entrevistas personales que ella mismó realizó a personas anónimas de Chechenia (de conflictos y guerrillas interminables imposibles de fechar), a huerfános azotados con látigos de hilos de cobre al rojo vivo, a madres de muchachas jóvenes, "terroristas" autoinmoladas en el teatro de Moscú, por citar sólo algunos ejemplos de mis favoritos, sólo entonces abriré la portada a rayas verdes y me sentaré a disfrutar, sin duda, de una buena historia.

Eva MMJ

                                                                                                 

 

 


 

Mi compañero, que es muy competitivo, afirmaría sin dudas que quedar el segundo es perder el primero. Con el témino finalistas (y su suculenta cuota económica asociada) parece que finalistas y ganadores son capaces de posar sonriendo juntos para la prensa. Aunque el finalista quizá piense que ha estado tan cerca, que él se lo merecía tanto como el otro y todo este tipo de pensamientos que embargan a los "segundones"


Esta vez les ha tocado la foto del premio Planeta a Sabater, por "La hermandad de la buena suerte", y a Angela Vallvey por "Muerte entre poetas". Aun no he leido ningundo de los dos, así que necesariamente pospondré mis comentarios sobre estas obras.


Sin embargo, me gustaría aprovechar la oportunidad para hablar de la edición pasada. A Juan Jose Millas le han concedido esta misma semana el Premio Nacional de Narrativa, lo que revalida la legitimidad de su obra para figurar entre los populares "Planetas". Pero, ¿que sucede con el finalista del 2008?


No sé si ha habido mucha gente o poca que haya leído "Villa Diamante", ni tampoco he oído a nadie hablar sobre ella, aunque sí por supuesto sobre que el premio recayese en el conocido Boris Izaguirre. Como si sólo por el hecho de escribir un libro, se convirtiera en un escritor.


La verdad es que no logró entender cómo este galardón le fue concedido a Boris. Compré su obra esperando descubrir el lado intelectual del venezolano, cuyos destellos había atisbado en algún artículo, pero, sinceramente, "Villa Diamante" me pareció una novela pésima.


Una novela que continué leyendo hasta el final buscando qué la había distingido de tantas otras para recibir el premio, saltando entre escenas enteras muy parecidas a a las comidas con muchos invitados noveladas por García Marquez, la dictadura de la opresión en la que nadie podrá superar a Vargas Llosa, con sus alianzas secretas, sus torturas, y una dosis extra de

un dramatismo avinagrado y autocompasivo, que parece terminar en un cuento de hadas, y que no es más que una rancia venganza por la que al lector no le apetece pasar.


Y la malograda introducción de un personaje, un arquitecto italiano, una pequeña nota tan extravagante como inconexa, que casi al final del libro parece querer darle un nuevo giro, que no queda más que en un extremo colgando, que no logra hilvanar en el texto de la novela.


¿De verdad esta obra mereció ser la finalista entre otras 469 presentadas? O más bien en realidad sólo consiguió, perder en el primer puesto.


Eva MMJ


Hoy todos sabemos que el novel 2008 de narrativa ha ido a parar a   Jean-Marie Gustave Le Clézio , para mi, he de confesar, un auténtico desconocido

Después de un rato buceando de portal en portal, podría escribir aquí algo sobre la vida de este señor, o sobre las obras que ha escrito hasta ahora, y ordenarlas cronológicamente.

.Pero voy a elegir una sola frase suya, emitida oralmente, que no sé si será fruto de la espontaneidad o era una réplica bien estudiada, una autodefinición madurada a lo largo del oficio de escritor:

"escribir no es sólo estar sentado en tu mesa contigo mismo, es escuchar el ruido del mundo. Cuando estás en la posición del escritor se percibe mejor el ruido del mundo, vas al encuentro del mundo"

 Como simple aficcionada a la escritura, encuentro esta cita sencilla, y muy acertada. Quizá alguien tenga un infinito universo interno del que extraer inagotablemente buenas historias, pero en la mayoría de las ocasiones, el escritor, y hasta el que pretende serlo, no puede simplemente pasar por delante de la realidad.

Un ejemplo doméstico, con el que me siento algo estúpida al revelarlo. Esta misma mañana he ido a realizar la compra a unos grandes almacenes. Al llegar a la caja, una muchacha muy maquillada, de gestos algo impacientes, al parecer enseñaba a ser cajero de un hipermercado a un señor. Un señor mucho mayor que ella, de muy buena apariencia, podría pasar por director de banco. Y él, muy digno, arrimaba la cara al teclado, antes de pulsar con dedo la tecla correspondiente.

Por lo que mi mente ha volado hacia cada pequeño movimiento de ese hombre que parece provenir de una clase social acomodada, que podría ser un catedrático, o un empresario de cualquer tipo, que debido a la dificultosa situación económica haya tenido que abandonar su actividad actual (o ha sido invitado a hacerlo) y recurre, tras una larga cadena de entrevistas "seria" absolutamente desalentadoras que terminan con una palmadita en la espalda, a aceptar un puesto de cajero de hipermercado, para mantener a su familia.

Esa es la posición del escritor, buscamos y creamos historias en cuanto se nos presenta la más mínima oportunidad, y algunas veces, estas creaciones se corresponden con la realidad y entonces conseguimos ser mejores amigos, mejores padres, mejores compañeros, y mejores personas, porque nos preocupa saber, que historia hay detrás de los pequeños movimientos que nos rodean, y que fácilmente podrían volverse imperceptibles.

Eva MMJ


 

"Aquel que dijo más vale tener suerte que talento, conocía la esencia de la vida.

La gente tiene miedo a reconocer que

gran parte de la vida depende de la suerte

Asusta pensar cuantas cosas escapan a nuestro control.

En un partido hay momentos en que la pelota

golpea el borde de la red, y durante una fracción de segundo,

puede seguir hacia delante, o caer hacia atrás.

Con un poco de suerte, sigue hacia adelante y ganas.

O no lo hace, y pierdes."

Woody Allen, en Match Point


Soy una seguidora mediana de W. Allen. Esto significa que a veces hace cosas que me gustas, y otras muchas, no, aunque todo el mundo diga que es un genio. Si no lo hubiese leído en los títulos, nunca habría acertado que Match Point es una película suya. Y es, sin duda, mi favorita.


Desde el principio, en el que una voz en off lee la cita de más arriba. Pero lo que más me gusta de esta película, es que saca a Dostoieski de sus estrechos y sucios callejones de la Rusia de folletín, lo pasea por las galerías de arte de Londres, por la ópera, por los locales de moda donde cenar, las tiendas más exclusivas, y por las inmensas mansiones victorianas en el campo.


W. Allen inserta el alma de las criaturas de Dostoieski en la alta sociedad inglesa, y pronto descubrimos que su Roskolnikov es un guiño de sí mismo, que tumbado sobre su cama relee la novela de Crimen y Castigo.


Un hombre joven con algo de talento, que, por casualidad, entra a formar parte de la alta burguesía, y según afirma "llega a acostumbrarse a un cierto novel de vida". Atormentado por las dudas, delirios grandilocuentes, entre lo que cree merecer y lo que tiene, elimina aquel factor que produce su malestar, del mismo modo que Roskolnikov clava el hacha en la cabeza de su usurera casera.


Pero un nuevo enloquecedor debate interno se abre entre lo que tiene, y lo que cree merecer, (el castigo) y casi anhela que su crimen se descubra, para confiar en que en este mundo hay justicia. Se deshace de algunas pruebas que podrían inculparlo arrojándolas a un río, y una de ellas, un anillo, rebota contra la barandilla de acero, y por un momento, podría caer al agua, y perderse para siempre, o dar a parar a la orilla.


Si bien en la novela de Fiodor al final su protagonista recibe su castigo, que abraza como una oportunidad de redención, en Match Point nuestro sujeto de hoy en día contempla desconcertado como su crimen se carga a un vagabundo que casualmente encuentra la alianza, "un pobre diablo"y él prosigue indemne con su privilegiada vida.

 

Dostoieski se pondría de pie en la sala, y aplaudiría entusiasmado esta adaptación, que sin pretensiones de serlo, alude a la naturaleza universal y atemporal de los conflictos internos del alma humana.


Eva MMJ


A veces, cuando obtengo información sobre un libro que no he leído, acaba resultándome más interesante la conexión de ideas y recuerdos de pensamientos que desfilan libremente durante unos segundos por debajo del umbral de mi consciencia, invocados por lo que interpretan como un dato más que encaja en la visión de un todo, que la lectura del ejemplar en sí mismo.

Ese todo, no hace falta decirlo, se escurre cuando trato de aprehenderlo, del mismo modo que podemos percibir estrellas por el rabillo del ojo, que desaparecen repentinamente cuando las buscamos deliberadamente con nuestra mirada, aunque esto tiene una explicación fisiológica, y por tanto, no inquieta a nadie.

Encuentro un artículo titulado, como la obra de Torrente Ballester,

"Yo no soy yo, evidentemente", (http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=10373&num=869&sec=32) sobre la nueva novela de Alvaro Enrigue, en el que se dicen cosas como que el "yo", la identidad personal o como queramos llamarlo, es una ilusión de continuidad, una superstición cultural que nos lleva a creer que nuestras vidas poseen un argumento que se desarrolla en el tiempo, y que nosotros mismos, como personaje central, recorremos creyéndonos idénticos a ayer.

 

Desenpolvo mi carperta de manuscritos no publicados (como si tuviera una de publicados) y decido extraer uno, que en su día bauticé, "Supongo que fuí yo":

 

Aquella mañana, debido a la necesidad de realizar alguna improrrogable gestión que no logro recordar, regresé a aquel pueblo, y una vez cumplimentado el motivo de mi visita, lo olvidé de inmediato y me dediqué a deambular por sus calles sin prestar demasiada atención a la dirección que tomaban mis pasos.

 

Caminé durante largo rato con un ritmo rápido, regular, sin detenerme demasiado a examinar cómo la luz vertical de principios de octubre, más afilada y diáfana que la estival, a la que mis ojos estaban acostumbrados en aquel lugar, extraía perfiles sutilmente diferentes a todas las casas y edificios, más serios o más reales, como si el verano consistiese en una efímera representación teatral llevada a cabo por todo el municipio para sus residentes temporales.

Caminaba como si recorriese, comprobando, el estado interno de mis recuerdos, que emergían durante unos instantes de sus respectivas ubicaciones, algo descoloridos, confirmando su espectral persistencia, y contemplé cada uno con la neutralidad bien entrenada que había ido adquiriendo en el último año, esbozando apenas una breve sonrisa, de un escepticismo ya gastado.

Me dirigía a tomar un café antes de regresar a mi vehículo y emprender el camino de vuelta a casa, cuando de repente, alguien pronunció mi nombre en voz alta, y yo me giré automáticamente al escucharlo.

Era una mujer rondado los cincuenta, divorciada, con dos hijos, uno de ellos de mi edad, que pese a haber nacido en aquel pueblo, residía con su actual pareja a unos 45 kilómetros de allí. Era profesora de escuela, por lo que una vez iniciado el curso escolar, su presencia allí, un miércoles laboral de principios de octubre a media mañana, resultaba tan insólita como la mía propia.

Y sin embargo, era la única persona que me lo habría dicho.

-Se ha casado. ¿No sabías nada? Sí, la semana pasada. Fíjate, yo tampoco he ido a la boda.

Durante unos segundos me quedé pensando si no la habría invitado, o si acaso ella no hubiera querido asistir a su boda, y si, pese a haber sido prácticamente como su madre en los últimos siete años, se encontraba tan alejada y decepcionada como yo mismo lo estaba.

-No, no sabía nada- y probablemente habría continuado mucho tiempo sin saberlo si no me hubiese encontrado a aquella mujer en un lugar improbable en un momento improbable.

Nos despedimos apresuradamente, algo incómodos, y mientras tomaba en solitario aquel café, esperaba con paciencia el impacto de aquella noticia en mi estado de ánimo: rabia, resentimiento, nostalgia. Me disponía a contemplar mis propios sentimientos con la misma neutralidad entrenada con que había observado los recuerdos ligados a aquel lugar. Celos, una fuerte opresión en el pecho, prácticamente indescifrable, que casi me impidiera respirar. Algo.

Nos habíamos visto por última vez a escasas manzanas de aquella cafetería, hacía poco más de un año. Nos dijimos adiós, ante un tren que partía, y mi propia voz me sonó tan cansada, como si hubiese despedido a mi peor enemigo. Aunque no lo habíamos acordado, ninguno volvió a ponerse en contacto con el otro. Durante la Navidad esperé, temeroso, la llegada de una felicitación cortés. El día de mi cumpleaños, en febrero, aun temí una llamada de viejos amigos que nunca fuimos y que por supuesto ya no éramos.

Después de aquello, dejé de esperar cualquier contacto intencional y me resultó más fácil seguir con mi vida. Pero supongo que de algún modo, aquella historia que quedaba colgando, sin un final, ocupaba un lugar en mi memoria por el que evitaba pasar.

Tras siete años, y para mi sorpresa, no me costó demasiado esfuerzo enterrar los recuerdos bajo capas de olvido, ocupando la mayor parte de mi tiempo con una actividad laboral que a todas luces excedía lo saludable, a fin de restarle posibilidad alguna al abatimiento que me perseguía.

Aquella mañana, algo fresca, de principios de octubre, mientras accionaba el mando a distancia de vehículo, pensaba en la facilidad con la que alguien, que ha sido tan importante para nosotros en algún momento de nuestras trayectorias personales, desaparece de nuestras vidas. Nuestros amigos y familiares dejan, primero, de preguntarnos por ellas, y poco a poco, ya no hablamos sobre ellas con los demás, y si lo hacemos, es porque resultan de utilidad para ubicar temporalmente alguna otra anécdota, y su recuerdo apenas recibe un trato superficial, como un dato, una fecha confirmada de nuestra propia biografía.

Conducía mecánicamente, mientras el paisaje iba quedando atrás del otro lado de las ventanillas, cuando noté que una lágrima, y luego otra, corrían por mis mejillas. Hacía un año había cortado deliberadamente toda comunicación entre mis emociones y mi conciencia, por lo que no me resultaba fácil discernir qué era exactamente lo que provocaba mi llanto. Desde luego, no se trataba de razones sentimentales, al menos no hacia aquella otra persona que había contraído matrimonio.

Continué llorando buena parte del camino de regreso, hasta que no me cupo duda, que lloraba por mi mismo, por mi pasado, por el olvido. Por esos siete años que ya nadie recuerda, de los que nadie habla. Que yo mismo contemplo como un espectador lejano. Que apenas recuerdo. Y me imagino como un borrón de mi propia memoria dentro de siete años, sin que me reconozca, como un extraño, cuya conducta no acertamos a comprender.

Entraba en la ciudad y la intensidad del tráfico me obligó a mantenerme alerta, borrando los últimos restos de lágrimas, casi tarde tanto en atravesar las avenidas colapsadas como en el trayecto de algo más cien kilómetros en autovía, hasta que finalmente, llegué a casa. Aspiré inconscientemente los olores conocidos de mi portal, abrí la compuerta del buzón con un gesto rápido, repetido miles de veces, y busqué con el tacto la llave de mi apartamento entre todas las que se agolpaban en mi llavero.

Cerré los pestillos de la puerta a mis espaldas, dejando atrás a un extraño que había llorado porque no lograba recordar a otro extraño que había sido él mismo, resignándome a vivir en un eterno presente, en el que cualquier ilusión de posesión de un pasado no resultaba más real, que cualquier otra historia que nos contemos a nosotros mismos.

Eva MMJ

 


Hoy he estado pensando en que pasaría si nos encontrásemos ante un test de cultura general, entre cuyos items tuviésemos que enfrentarnos a alguno en el que se nos preguntase:

-¿ Ha leído usted alguna vez algún libro de alguno de los siguientes autores?:

a) Siddharth Dhanvant Shanghvi

b) Khaled Hosseini

c) John Thorndike

d) No lo sé/ no lo recuerdo

Si midiésemos el tiempo de reacción a cada posible opción, esto es, el tiempo que tardamos en examinar, por ejemplo, la opción b), y en desestimarla, probablemente nos encontraríamos con que la mayoría de los sujetos que realizasen el test actuarían del siguiente modo: se detendrían unos cuantos segundos para leer el nombre del autor de la opción a, y rápidamente pasarían a la b, porque ese nombre no les suena de nada.

Probarían con la b, y quizá empezaran a pensar que se trata de una pregunta trampa, en la que dos escritores inexistentes de nombres estrafalarios enmascaran la verdadera respuesta, que hay que descubrir.

Pasamos a la c, y el sujeto se toma algo más de tiempo, ¿John Thorndike? Cada respuesta puntúa en positivo, a más puntos, más alto coeficiente de nivel cultural arrojará el test.

Y nuestro sujeto imaginario, cruza una aspa sobre la tercera opción.

Solución al test: los dos primeros nombres, son reales, autores respectivamente de "La canción del atardecer" y "Cometas en el cielo".

Pero el que nos suena es el tercero, (que acabo de inventarlo) y si tuviéramos que decantarnos por alguno, seguramente sería por John Thorndike.

Esta misma conducta, en su modalidad extrapolable a nuestro comportamiento cotidiano, se repite (aunque sin generalizar, por favor), en el potencial comprador que deambula en torno a los expositores de cualquier libreria, y toma un ejemplar, le echa un vistazo, y repite la operación con otros tanto hasta que se decide por uno, o sale por la puerta con las manos en los bolsillos.

Tendemos a elegir libros de autores cuyos nombres leemos con facilidad, o al menos, nos parecen "cristianos". Entre un John y un Hassam, al menos al primero le daremos la oportunidad de ojearlo.

De todas formas, una parte sustancial de la criba ya la han realizado otros por nosotros, la editorial, la librería. La literatura norteamericana, tan normalizada en nuestras vidas diarias como toda su cultura en general, desborda las ofertas que encontramos de cualquier otro país, quizá incluyendo al nuestro propio.

Por esto mismo, a veces, cuando voy a comprar un libro, pienso que los que provienen de autores nacidos en paises "exóticos", deben ser más interesantes, después de todo lo que les has costado abrirse un hueco en las estanterías del mercado editorial.

"La canción del atardecer" y "Cometas en el cielo" son dos magníficos ejemplos para eliminar cualquier prejuicio hacia lo que nos resulta menos familiar. Se merecen que se hable de ellos y todos los conozcamos y que sus autores nos suenen, al menos.

Para los que quieran saber algo más sobre estos dos libros que tanto me han gustado, les invito a seguir los post que iré agregando esta semana.

 

Eva MMJ


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