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UBICUIDAD

Enviado por: Eva María in viajesnarrativaLibros on

Eva María
 Dejo el autobús interurbano, y me dirijo hacia el trabajo. La mayoría optamos por las escaleras mecánicas para ascender desde la plataforma hasta la salida al exterior. Busco el hueco en cada peldaño para subir serpenteando entre todos los otros ocupantes estáticos del autobús, que se dispersarán hasta convertirse en seres individuales anónimos, enigmas caminantes.

Cuando troto escaleras arriba impulsándome en el propio mecanismo mecánico de ascensión, me siento como si flotara, porque conecto, durante unos breves instantes, con una metáfora que inevitablemente me define. Podría esperar, como todos, a que las escaleras, simplemente, me depositaran arriba. Pero yo me superpongo a ese ritmo intrínseco, y lo acelero con mi propio esfuerzo. Camino sobre el curso de la vida.

Por eso leo, a veces mucho. A veces paso meses en estado de shock por lo último que acabo de leer, hasta que mi mente rastrea toda la cadena de pensamientos implícitos que no tuve ocasión de elaborar durante la lectura.

Supongo que leo porque es el medio más rápido de viajar y conocer, cuando no podemos interrumpir nuestra vida cotidiana para dedicarnos a hacerlo. No puedo esperar a que la vida, simplemente, me deposite en todas las situaciones y contextos que quisiera conocer. Así que busco el hueco, abro la ventana temporal de la portada, y troto escaleras arriba, peldaño tras peldaño, página tras página. Porque el tiempo es, "alas", finito.

Recorro Kabul tras la caída de los Talibanes con Åsne Seierstad, entablo amistad con Nefertiti de manos de Mika Waltari, me afilio a la revuelta estudiantil de la china contrarrevolucionaria con Ma Jian, me prostituyo en un burdel de Marruecos, y me exilio a Francia, con Le Clezio de biográfo. Y en cuanto bajo del bus, me dirijo a las escaleras, busco el hueco, y sobrevuelo, ubicua, el curso de las vidas.

Eva MMJ

 


Compraría este libro sólo por el título, que ya me atrae.

Aunque habitualmente, cuando acostumbramos a leer un autor en "versión extendida", nos defrauda como compilador de relatos, bien porque la mayoría ya los conozcamos a través de sus novelas, y el puzzle que se sostenía únicamente por el hilo mágico de la narrativa, de repente se vea expuesto a un examen radiográfico, en el que se aprecian los objetos que cambiaron  varias veces de posición, las sucesivas correciones, y lo peor, se desvele de dónde procede algo cuya singularidad procedeía exactamente de esta cualidad de la emergencia sin explicaciones.

A los relatos, como borradores previos, o se les coge cariño, como cuando vemos fotos de bebé de los amigos que sólo hemos conocido de adultos, o le roban sentido a las posteriores novelas del autor, que entonces nos parecen más predecibles, más interpretables. Más mundanas.

 A veces ocurre que encontramos dos autores diferentes en un género y en otro, lo que nos desconcierta, y no sabemos quién es quién, y a cuál de bemos creer (y querer).

Lo que más estimuló mi glándula lectora de "El Mundo" de Millás, fueron, precisamente, esos relatos que se dejaban leer entre líneas, así que supongo que voy a comprar y leer este libro suyo de relatos, y entonces su novela me gustará un poco menos.

En la página web que reseño podéis encontrar tdo lo que os interese saber de este libro antes de leerlo:  http://www.losobjetosnosllaman.com/los-objectos-nos-llaman.php

Yo, personalmente, le voy a dar la oprtunidad de que mi té sea especial, único e inolvidable, como prometen.

Eva MMJ


LA TEMPESTAD

Enviado por: Eva María in LiteraturaLibrosEva MMJClub de lectura on

Eva María
 

No conozco personalmente a nadie que le guste Juan Manuel de Prada. La mayoría de ellos no lo han leído siquiera. Probablemente yo tampoco le habría concedido una oportunidad, si no se tratase de un ejemplar del que se deshizo, junto a su antiguo catálogo, la biblioteca de un pequeño pueblo de Navarra, junto al río Arga.


Esta heterogénea colección de cuentos infantiles garabateados, clásicos juveniles de Julio Verne y algunas otras obras imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie de serlo, fueron rescatadas de su fatal destino, y depositadas en unas estanterías acordes a su posición, en un lugar en el que se va a disfrutar de la placidez hogareña que emanan los objetos antiguos, que no viejos.

Un hotel rural que transforma una casona solariega, que pasó de ser convento de monjas, a colegio del pueblo, a sede de campamentos cristianos infantiles, y finalmente invita, con sus vigas de madera en el techo y sus vistas a casas con tejas, a un campanario con cigüeñas y a la ribera navarra, a recrearse sosegadamente.


Un día de lluvia impenitente, me acerco una vez más a esas estanterias robustas, y de repente lo veo, y recuerdo su crítica a Paul Aster.

Leo las primeras páginas y empiezo a comprenderlo.

Juan M. de Prada esculpe cada frase, cada palabra, cada punto. Se dice de él que su escritura es barroca. Y con esto se le asocia un estilo recargado y pretencioso.

Para mi, es alguien que escribe muy bien (al igual que Auster, más depurado) simplemente empleando un estilo particular, al igual que hace el reconocidisímo Borges, un estilo muy labrado, quizá fruto de la espontaneidad del flujo de pensamiento privilegiado de Prada, que para algunos puede resultar artificioso.

Pero en "La tempestad" encuentro no sólo frases cinceladas con el amor propio de un artesano, sino que estas frase construyen una historia, y sobretodo, recrean un ambiente, de un modo absolutamente fascinante.


El primer capítulo se inicia en Venecia, en una Venecia completamente alejada de las visiones frívolas y turísticas que mantenemos de ella. Es invierno, y la noche lame el agua putrefacta de lo canales. Está nevando, y la humedad infinita se filtra, se funde, se fusiona, respirando por las porosidades de cada columnata, con el espacio arquitectónico que el autor representa como un antiguo teatro en ruinas, que permanece abierto por pura nostalgia.


Y en pocas páginas, el protagonista pasa de ser un extranjero en Venecia, a vivir dentro de ella con los espectrales habitantes que aun la habitan, resignados a su suerte, aferrados a su decadencia.


Aunque me gustaría que se pudiera lograr todo esto sin que la trama girase en torno a un asesinato. ¿De verdad somo los lectores tan morbosos, que necesitamos que nos atrapen con crímenes sin resolver, para devorar el libro hasta la última página, donde nuestra curiosidad se ve satisfecha, y entonces soltamos el libro en cualquier sitio, y jamás volvemos a pensar sobre él?


Personalmente, prefiero a Murakami hirviendo pasta.


Eva MMJ