Eva MMJ
Escrito por Iván Adrián Martínez Ricarte   

 " Nuestro pasado no sería más real

que nuestros propios sueños,

de no ser por la existencias de personas

capaces de hablarnos sobre él"

Eva MMJ


Recuerdo un sueño, curiosamente en blanco y negro, en el que un volcán entraba en erupción. Es uno de mis primeros recuerdos. Mi familia vivía en una calle que discurría por la carretera general que unía Sevilla con Málaga, a la altura de Estepa, por lo que siempre debía cruzarla aferrada a la mano de un adulto. Nuestros gatos morían atropellados uno tras otro, y el volcán se situaba en el vacío que el horizonte dejaba en dirección a Málaga.

Llovía días enteros, años enteros, y junto a mis tres hermanas mayores fabricábamos limusinas y televisiones en las que nos introducíamos como personajes, con cajas de cartón de frigoríficos. A veces montábamos la redacción de un periódico, y las noches de verano contemplábamos como nacían en la incubadora las crías de las 400 codornices que mi padre había comprado en un arrebato visionario para hacer dinero. Después de presenciar las frágiles avecillas rompiendo el cascarón, sus cuatros hijas se negaron a volver a comer ninguno de aquellos diminutos huevos.

Las tardes de verano, recién bañada, ropa limpia y dos trenzas firmementes apretadas, subía las estrechas cuestas adoquinadas que conducían hasta la biblioteca municipal, y hasta que cerraban leía los Pulgarcito, al año siguiente Noddy, Tintín, Asterix y Obélix.

Probamos suerte en otra ciudad, ingresé en un colegio mixto, y entonces descubrí que era una chica, y que las niñas de mi clase idolatraban a la Barbie con todos sus complementos, y los niños jugaban al futbol en clanes inamovibles.

Cuando fuí un poco más mayor, mi madre me dejaba ir sola a la Biblioteca Municipal, que se encontraba junto al parque de Jaén, al final de un camino en que unos arboles que se quedaban desnudos en otoño formaban un tunel que yo atravesaba orgullosa, sintiéndome digna de la confianza que me permitía la libertad de deambular en solitario por una ciudad de tamaño mediano. Leía al Pequeño Vampiro incansablemente y ahorraba para ir completando mi colección del "Barco de Vapor", desdeñosa siempre al leer en la contraportada la recomendación de edad del lector recomendada, hasta que pronto sólo leía los granates.

Mi hermana mayor, que me sacaba diez años, leía con avidez cualquier libro que cayese en sus manos, y así empecé antes de salir de la EGB a engullir los parráfos interminables de Stephen King.

Volvimos a probar suerte en otra ciudad, Sevilla ésta vez, demasiado grande y caótica al principio. A veces me dejaba olvidados cuentos que inventaba entre las páginas de algún libro, y la mujer que sellaba las fechas de obligada devolución los guardaba en su cajón y me los entregaba la siguiente vez que me veía por allí. Fue mi particular boom sudamericano, Garcia Marquez, Higuijuelos, Juan Rulfo, y sobre todo, Cortázar.

Cortázar murió el día en que yo cumplí siete años, y algunas noches imaginaba que una parte de su alma se había refugiado en mí, porque desde esa edad supe secretamente que quería ser novelista.

Los largos veranos de la Universidad, en que volvía a aquel pueblo de casas encaladas, me atiborré sin ningún criterio de todo cuanto aquella Biblioteca que había mudado su sede podía ofrecerme, y yo creía de obligada lectura.

Me fuí a Rusia, enamorada de sus clásicos y su bellísimo idioma, entre otras cosas, y durante los siguiente años me conté y reconté la historia de por qué regresé, para invocarme y traerme de vuelta, pero pasó mucho, demasiado tiempo, hasta que mi fantasma especular que me demandaba al otro lado de la ilusión dejó de rondarme, para seguir contemplado desde lejos, cargado de nostalgia, el desarrollo de mi vida paralela.

Como mitad herrante, intenté incorporame al mundo real, en el que la gente hace algo porque con eso gana dinero. Tuve una pareja de gusto exquisito, que actuaba firmemente convencido de que era diplomático, y lograba convenecr a cuantos le rodeaban. Parecía que me estaba convirtiendo, por fin, en una perona real, pero una noche, un jueves santo, la pasé llorando tras leer los capítulos de torturas de la Fiesta del Chivo, y a continuación escribí para mí, que me estaba convirtiendo en un espectro de nudos tan apretados, que no sabía que había quedado debajo de cada nudo que tragaba para parecer más real.

Así que volví a invocarme, reuní todo lo que pude recoger, y aún ando montando los pedazos.

Un día, una niña de nueve años, me preguntó que quería ser de mayor, ella sabía que ya era psicóloga, pero me quedé suspendida, mecida por las posibilidades abiertas que la pregunta me ofrecía, hasta que tras unos minutos, le dije lo que me pareció que tenía que decirle: creo que ya soy mayor.

Tengo dos hijos y una casa con jardín en las afueras, hago un master mientras termino mi tesis, pero la verdad es que lo que quiero, es escribir.

Eva MMJ

 
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