No conozco personalmente a nadie que le guste Juan Manuel de Prada. La mayoría de ellos no lo han leído siquiera. Probablemente yo tampoco le habría concedido una oportunidad, si no se tratase de un ejemplar del que se deshizo, junto a su antiguo catálogo, la biblioteca de un pequeño pueblo de Navarra, junto al río Arga.
Esta heterogénea colección de cuentos infantiles garabateados, clásicos juveniles de Julio Verne y algunas otras obras imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie de serlo, fueron rescatadas de su fatal destino, y depositadas en unas estanterías acordes a su posición, en un lugar en el que se va a disfrutar de la placidez hogareña que emanan los objetos antiguos, que no viejos.
Un hotel rural que transforma una casona solariega, que pasó de ser convento de monjas, a colegio del pueblo, a sede de campamentos cristianos infantiles, y finalmente invita, con sus vigas de madera en el techo y sus vistas a casas con tejas, a un campanario con cigüeñas y a la ribera navarra, a recrearse sosegadamente.
Un día de lluvia impenitente, me acerco una vez más a esas estanterias robustas, y de repente lo veo, y recuerdo su crítica a Paul Aster.
Leo las primeras páginas y empiezo a comprenderlo.
Juan M. de Prada esculpe cada frase, cada palabra, cada punto. Se dice de él que su escritura es barroca. Y con esto se le asocia un estilo recargado y pretencioso.
Para mi, es alguien que escribe muy bien (al igual que Auster, más depurado) simplemente empleando un estilo particular, al igual que hace el reconocidisímo Borges, un estilo muy labrado, quizá fruto de la espontaneidad del flujo de pensamiento privilegiado de Prada, que para algunos puede resultar artificioso.
Pero en "La tempestad" encuentro no sólo frases cinceladas con el amor propio de un artesano, sino que estas frase construyen una historia, y sobretodo, recrean un ambiente, de un modo absolutamente fascinante.
El primer capítulo se inicia en Venecia, en una Venecia completamente alejada de las visiones frívolas y turísticas que mantenemos de ella. Es invierno, y la noche lame el agua putrefacta de lo canales. Está nevando, y la humedad infinita se filtra, se funde, se fusiona, respirando por las porosidades de cada columnata, con el espacio arquitectónico que el autor representa como un antiguo teatro en ruinas, que permanece abierto por pura nostalgia.
Y en pocas páginas, el protagonista pasa de ser un extranjero en Venecia, a vivir dentro de ella con los espectrales habitantes que aun la habitan, resignados a su suerte, aferrados a su decadencia.
Aunque me gustaría que se pudiera lograr todo esto sin que la trama girase en torno a un asesinato. ¿De verdad somo los lectores tan morbosos, que necesitamos que nos atrapen con crímenes sin resolver, para devorar el libro hasta la última página, donde nuestra curiosidad se ve satisfecha, y entonces soltamos el libro en cualquier sitio, y jamás volvemos a pensar sobre él?
Personalmente, prefiero a Murakami hirviendo pasta.
Eva MMJ

