ESTILOS DE VIDA

Enviado por: Eva María in LiteraturaClub de lecturablog on Print 

Eva María

Vivo en una urbanización anexa a un pequeño pueblo, Castilleja de Guzmán,a unos 6 km de Sevilla. El pueblo tiene una calle principal en la que se encuentran el Ayuntamiento, la Policía, el Juzgado de Paz, el consultorio médico, la farmacia, un bazar, el supermercado, una cábina de teléfonos, la biblioteca, un quiosco de prensa, los contenedores separadores de reciclaje y un bar. Puedes recorrerla de un extremo a otro en tres minutos.


La urbanización se encuentra separada artificialmente de este pequeño núcleo por la carretera secundaria que asciende desde Sevillla a la superpoblada cornisa del Aljarafe. Las casas de la urbanización apenas tienen diez años, son bonitas y elegantes, de tres plantas, con un patio delate y un amplio jardín trasero. Habrá unas 250, y en cada una de ellas, habita una familia joven con al menos dos hijos menores de 5 años.


En esta urbanización hay un sendero de alvero flanqueado de árboles que conduce al pueblo, dos parques pequeños y otro enorme, centro neurálgico de relaciones sociales.Pero no encontrarás un sólo sitio donde comprar una barra de pan, leche, o el periódico del día. Ni un buzón de correos, ni una cabina. Ni un solo bar, hasta que en verano abrieron un quiosco en el parque.


Es un lugar diseñado para que nos conozcamos unos a otros como lo "padres de". Nadie sabe que me llamo Eva. Soy la "mamá de Haizea" Esto hace que las relaciones entre la mayoría de los adultos del pueblo se limiten a esporádicos encuentros ante la puerta de la guardería o el colegio, o a retazos de inicios de conversaciones junto al tobogán que terminan apresuradamente cuando uno de los dos pequeños, que han coincidido durante décimas de segundos en ese juguete, decide rápidamente buscar una nueva actividad en la que invertir sus inagotables energías, conformando un paisaje de niños que corren en todas direcciones y de padres que tratan frenéticamente de perseguirlos con la merienda y el jersey en la mano.


Estos niños a veces se detienen ante la tarea comunal de llenar de guijarros un par de cubos de plástico decoloridos, y entonces tienes la opción (más bien la necesidad) de hablar con otro adulto, al que apenas conoces de vista, ¿ya le has quitado los pañales? No, el mío ya duerme solo. En casa me come peor, yo lo tengo en el catering.


Sobre las 7:30, en cuanto comienza a oscurecer, se instaura el toque de queda, y todos los niños corren acorralados por sus padres hacia sus respectivas bañeras, y las puertas de casa permanecen cerradas hasta la maratón de la mañana siguiente.


Por eso, estratégicamente, el área de cultura del Ayuntamiento colocó en el tablón de anuncios de la guardería, un cartel para inscribirse al club de lectura de la biblioteca. Un reducido grupo de adultos que, mágicamente, volvían a sentirse seres individuales, capaces de expresar opiniones más allá de las naturales preocupaciones por el correcto desarrollo de su progenie.


En primer lugar, cada uno recuperamos nuestro nombre, y con él, esa parte de la identidad que de vez en cuando resulta saludable disgregar de los demás.


De diferentes edades y oponiones, todos respetamos lo que el otro tenía que decir, en un espacio creado exclusivamente para el debate dialéctico, para enriquecer nuestros puntos de vistas con las aportaciones de los compañeros, y reforzar nuestras convicciones frente a pequeña discrepancias, que nos llevan a refinar nuestras argumentaciones al respecto, y por tanto, a integrarlas mejor en nuestro sistema de pensamiento.

Como jóvenes adultos obsesionados con la educación de nuestros hijos, hasta el punto de desatender nuestras propias necesidades, como si fuéramos ya el producto final, clímax de nuetro desarrollo individual, durante dos horas nos recordamos a nosotros mismos nuestras posibilidades infinitas aun abiertas de crecimiento y maduración personal.

Eva MMJ

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