Tokio Blues, de Haruki Murakami

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Susana

 


Haruki Murakami nos cae bien. Un hombre sencillo en su forma de vivir que  hace deporte, escucha buena música, viste de forma sencilla, come sano y no acude a fiestas de famosillos. Un trabajador incansable de las letras.
 
También nos ha gustado Tokio Blues (Norwegian Wood), una novela contada a través de un inmenso flashback, que surge mientras el protagonista, ya adulto, escucha la canción de los Beatles que da título al libro, y que le evoca su pasado. La presencia constante del suicidio y el desequilibrio mental, no nos ha agobiado ni deprimido, y nos han gustado las referencias al mundo del jazz y al pop de los sesenta, de gran importancia en la configuración de los personajes, especialmente el de Reiko.

La novela de Murakami no puede identificarse con una típica novela juvenil aunque trate de la transformación de unos jóvenes en sus primeros años universitarios. Describe pocas relaciones personales pero con mucha profundidad.

Extraordinarios esos diálogos tan fluidos y rítmicos entre Watanabe y los personajes de la novela, en los que se entremezcla lo prosaico y lo trascendente, lo vulgar y lo elevado, lo patético y lo humorístico, forman una combinación que nos ha enganchado a la narración. Uno no se cansa nunca de leerlos. Ellos sustentan muchas de las mejores escenas de la novela, porque además de estar muy bien escritos, y muy bien traducidos por Lourdes Porta, tienen la viveza, el dinamismo y la verosimilitud que sólo logran los grandes novelistas. A través de ellos nos va mostrando al resto de personajes de la novela: La inestable Naoko, que fue novia de Kizuki, el mejor amigo de Watanabe y uno de los suicidas que aparecen en el relato, y de Reiko, una mujer, ya no tan joven, con la que Watanabe hace amistad cuando visita a Naoko en la casa de reposo donde se reponen de sus trastornos psicológicos. Midori, una encantadora universitaria activa y simpática con una penosa historia familiar, personaje que fue muy valorado en la reunión; y la triste y vulnerable Hatsumi, novia de Nasagawa, un aspirante a superhombre, al que Watanabe trata con una curiosa y distanciada admiración, auque siempre crítico con su forma de actuar.
 
Creemos que uno de los aspectos que pueden explican el éxito de esta novela tan japonesa, como nos comentaron aquellos más conocedores de este género, (por su finura en los detalles y la sensibilidad literaria del autor), es el medio en que se desarrolla, abrumadoramente urbano, salvo en el episodio que transcurre en el sanatorio rural donde convalece Naoko, en el que los cines, las tiendas, los bares de copas y de jazz, las residencias y comedores universitarios, las calles y paseos, los locales de comidas, casi siempre presentes en la prosa de Murakami y adquieren una enorme relevancia.
 
Vemos en este universo urbano una textura poética muy sugestiva. No sabemos si se debe a la sutil atención a los detalles, o a la naturalidad y viveza con que Murakami los presenta, o a la perspectiva desde la que lo contempla el protagonista, pero el Tokio que pinta el novelista se nos hace próximo, cercano, sin que ello excluya en varios momentos una sensación muy distinta, la de una urbe gigantesca, anónima, del todo ajena a la soledad y los sufrimientos de los personajes.

Murakami posee la agilidad y el andar ligero y de gran fluidez de un narrador de indudable talento. ¿Porque será que nuestro protagonista andaba tanto?, se preguntaba Jesús una y otra vez: el precio del metro, dar la sensación de grandes espacios recorridos, intencionalidad del narrador para mostrarnos determinados lugares, fueron algunas de las respuestas que se le pudieron ofrecer.

En Tokio Blues apenas hay acción, apenas "pasa" nada que no sea la peripecia estrictamente personal de sus personajes, y sin embargo la novela nunca se hace pesada o rutinaria, sino que destaca por lo elegante y armonioso de la narración, aquellos que conocen más la literatura del autor, y en general la japonesa, nos dicen que así es su forma de escribir. Puede que en ciertas ocasiones echemos en falta una mayor variedad de tonos o un mayor vuelo imaginativo, pero la emoción de la mayor parte de los pasajes, siempre sincera y transparente, y el humor delicado de otros muchos (a pesar de lo triste de numerosos episodios ha sido una novela que a nosotros, en general, nos ha resultado más bien risueña y positiva, probablemente porque ya todos hemos pasado esa fase de transformación en adultos), contribuyen a sostener la tensión durante todo el relato.

No nos ha extrañado el éxito de Tokio Blues y de la narrativa de Haruki Murakami, tiene algo que engancha: una especie de ensimismamiento de los personajes, que parecen vagar por el Tokio de la novela, sin padres, casi sin familias, con pocos amigos, reconcentrados en una suerte de abstracción de los sentimientos y las pasiones que respira modernidad sin perder al mismo tiempo su esencia intemporal. Leyendo Tokio Blues, algunos no han podido resistirse a traer a su imaginación los recuerdos del episodio tokiota de Babel de Alejandro González Iñárritu, que tiene algo (o mucho) de la peculiar atmósfera murakamiana.
 
Por mucho que Murakami sea, como suele señalarse, uno de los novelistas japoneses contemporáneos más occidentalizados, resultan muy curiosos, para nosotros, determinados aspectos de la vida japonesa, como la libertad con que se acercan a experiencias afectivas y sexuales que probablemente siguen siendo problemáticas para los jóvenes españoles de ahora mismo, y mucho más para aquellos de la España de 1969, cuando comienza la novela. El personaje de Hatsumi nos dio pie a profundizar sobre la sociedad japonesa a la que, en general  se considera machista y tradicionalista, pero también se añadió que en el tema referente al sexo no tienen los prejuicios morales que tenemos en nuestra cultura judío-cristiana.
 
Hemos descubierto alguna coincidencia verdaderamente singular entre Tokio Blues y la cultura popular occidental, como pone de relieve la siguiente declaración de Midori:

"-En una caja de galletas hay muchas clases distintas de galletas. Algunas te gustan y otras no. Al principio te comes las que te gustan, y al final sólo quedan las que no te gustan. Pues yo, cuando lo estoy pasando mal, siempre pienso: "Tengo que acabar con esto cuanto antes y ya vendrán tiempos mejores. Porque la vida es como una caja de galletas".

Podríamos pensar que este ejemplo estuviese extraído de la famosa escena de la caja de bombones de Forrest Gump. Pues no, en todo caso al revés, porque, tal como se comentó en la reunión, la película de Robert Zemeckis es de 1990, y la novela de Murakami de 1987. De la misma forma que se dieron otros ejemplos exactos, como el de la maleta de la abuela, una historia de tradición familiar que tan bien nos retrató Amparo.

Un par de escenas nos resultaron muy emotivas por su sentimentalidad: La acción que se desarrolla entre el protagonista y Midori en el tejado de la casa de esta mientras miran como se quema un edificio cercano, y el reencuentro entre Reiko y Watanabe, en el que ambos recuerdan a su amiga Naoko con una interminable lista de temas musicales que es toda una antología del pop occidental.
 
Terminamos la reunión con la despedida de Reiko:

-Sé feliz -dijo Reiko en el momento de separarnos-. Ya te he dado todos los consejos que podía ofrecerte. No me queda nada que decir. Sólo que seas feliz. Te deseo la parte de felicidad que le correspondía a Naoko, y también la mía.

Susana Hernández

NOTA: Me habéis pedido, aquellos que seguís este blog,  que os adelante los libros que iremos trabando, así que os adelanto que el próximo será LA BIBLIA DE NEON  de John Kennedy Toole. Y... gracias por vuestras sugerencias.  

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